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EL VIAJERO

Atlántica 10: Santo Domingo

Atlántica 10: Santo Domingo

 

 

En las sierritas de Santo Domingo, la multitud de garitos portátiles se articulaba, desordenada, rodeando al entarimado principal, donde se turnaban a tocar conjuntos locales o traídos del Atlántico, y a la plaza de toros portátil, lista para practicar la monta.

Carnita asada, quesadillas, nacatamales, costillaeserdo, cerveza, guaro. Una pista de baile en el centro de cada negocio, compitiendo en estridor con la vecina y con la música del estrado principal. Algarabía de ritmos y olores. ¡Magnífico lugar para agarrar unas amebas! Dice Higinio, un avezado voluntario de la Cruz Roja, medio en serio y medio en broma. En el garito de enfrente se cobra entrada. Varias parejas bailan en la pista protegida por una verja de cedazo. Una de las mujeres ondula su cuerpo que se expresa abierto como un reclamo. Afuera, algunos hombres harapientos cuelgan, ebrios, de la verja, alimentan, con sus ojos codiciosos, la energía cósmica de sus caderas. El hombre que baila con ella presume como un pavo real, borracho de exhibición.

Le parece a Miguel que la cosa no es para tanto. No eran muchos los heridos que hasta el momento se habían atendido, apenas una docena.

Pero pasando la media noche los pacientes van siendo más. En ocasiones llegan varios a la vez, como en oleadas, casi siempre a resultas de pelea. Sin salir del jardín del centro de salud, Miguel puede ver una de ellas. Se arrojan los contendientes, botellas y piedras o lo que venga a mano. La intervención de la policía pone fin al encuentro violento, con extrema violencia. Cortes de puñal o cuchillo o machete, la marca redonda, nítida, del culo de una botella dibujada perfectamente en la frente desgarrada, un tajo en una mejilla o en una teta, el cuero cabelludo flotando encogido para mostrar el cráneo, caras asustadas o inconscientes, intoxicadas, estúpidamente sonrientes, indiferentes o satisfechas.

No cesará la máquina violenta con la aurora, en el momento álgido, en que se preparen los varones para competir por un estribo del soportal del santo Domingo de Guzmán. Los más fieros o de menos escrúpulos o más porfiados o más listos bailarán la peana, al salir de la ermita, ante el griterío ensordecedor de la multitud ebria y exhausta, amontonada. Habrá quien llore y quien rompa en convulsiones, verdaderas y fingidas, quien se desmaye, quien aproveche el momento para sobarle las nalgas a esta chela de delante, quien saque un cuchillo y pase una cuenta, quien gritará transido que !viva Mingo! Y contesten mil gargantas que viva. Que viva Mingo, el santo de los managuas.

Y caminará, por fin, aunque despacio, la lengua de lava de gente que llevan pintadas las caras de negro. Yo te mancho, tu me manchas y ¡Viva Mingo! Sin que cese la reyerta pertinaz y alcohólica.

La muchedumbre suspira por agua pero en el cielo dicen que no, que será la fiesta de Domingo y todo, pero "que no". Sólo las humedades del licor, la sangre y el sudor riegan la tierra seca. Los automóviles de la Cruz Roja marchan al paso, dispersos entre la serpiente multitud. En uno de ellos va, admirado y rendido, Miguel Anlló.

La prensa pregunta que "¿qué pasó mi amor?".

-Que ese vino y macheteó a mi novio.

La muchacha no disimula la excitación. La sangre de los varones corre en la tierra primero y luego, la del que venza, la del más fuerte, en la suya propia. ¡Viva Mingo! Grita frenética la multitud al compás del éxtasis, con la última gota salpicada, por el Santo y la tierra bendita.

Miguel, completamente fatigado, no puede dormir. Prefiere recostarse en la mecedora, bajo el palo de limón de los milagros. Resuenan en su cabeza los vítores dominicos, los cohetes, la música de las bandas. Al arrabal de su memoria llegan algunas miradas, voces, el recuerdo de algunos heridos. La multitud y la música van desapareciendo, se desvanecen. Un ruido sordo ocupa su lugar, es el motor del bote que navega río arriba, camino a LagunTara. Llueve. Llueve en Managua o tal vez en el río Coco. Si cesara el rumor podría oírse la música infinita de la selva. Blanca Clarisa baila en uno de esos bailaderos. Los hombres borrachos se soban el bulto del pantalón. Ella exagera sus movimientos. En cada vuelta prodigiosa enseña el nacimiento de las piernas, o algo peor; o mejor, según se mire. El comandante llega de la montaña, con la plata de los cuatro bancos, le hacen corro con admiración. Un borracho lo saluda. ¿Quién es ella? Pregunta el comandante. Apártenme a esa yegua. Ordena. Traen a un herido con una cornada. Lleva la cabeza colgando, como el soldado de Estelí. Debe de tener la misma edad. Yo te espero aquí, amorcito, mientras lo atiendes, dice Blanca Clarisa que se pone a bailar con el comandante. La muy puta.

Al día siguiente, Rigoberto preguntaba a Miguel sobre "la traída" mientras Lisette escucha desde la cocina. Veamos que dicen los periódicos. Más de ciento cincuenta heridos. No había habido muertos. Gracias a Dios, se dice para sus adentros Lisette, que piensa que en la traída hubo dos santos: Domingo y Miguel Anlló.

Habría que ir a recoger el equipo y algunos materiales que no habían sido utilizados, a las oficinas de la Cruz Roja.

-Yo iré, que debo ir a Migraciones. Queda ahí al lado –dice Rigoberto, que pregunta curioso: -¿Y también va ir usted a la llevada del Santo?

Y Miguel se queda dudando y no sabe qué decir pero está pensando que no, que bien había allí, en las Sierritas, un centro de salud y bien el Ministerio de Salud o la Alcaldía de Managua o quien fuera, podía instalar en él, un equipo de emergencia para atender adecuadamente a la gente. No, creo que no, pensaba. Una y no más, Santo Domingo.

-¿Conocía el doctor las Sierritas?

No podía creer la mujer de la derecha que el doctor hubiera estado en aquella fiesta horrible y peligrosa. No era un espectáculo muy edificante, afirmaba, toda aquella gente ignorante entregada al alcohol y a la violencia. No había podido la revolución, desgraciadamente, acabar con aquello a pesar de la cruzada de alfabetización y otros esfuerzos. Acabar con la ignorancia precisaba un esfuerzo más largo que, ya, la revolución no podría llevar a cabo.

Claro que sí. Claro que ella estuvo en la plaza cuando los muchachos entraron en Managua. Disparaban sus fusiles o sus lanzagranadas caseros al aire festivo. No cabía un alma en aquella Plaza, desde aquel día, de la Revolución. Ella estaba recién casada con su segundo marido y con él estrenaba aquel día marido y revolución. Las farolas abarrotadas de gente amenazaban con venirse abajo. En los sobresalientes de la ruina de la vieja catedral sostenía las banderas rojinegras los más osados.

Para Alfonso del Alamo. Atlántica 9: Blanca Clarisa (foto: copia de pintura de Roberto Barberena de la Rocha)

Para Alfonso del Alamo. Atlántica 9: Blanca Clarisa (foto: copia de pintura de Roberto Barberena de la Rocha)

            Blanca Clarisa dijo que sí, que había querido herirle en lo más hondo pero que…, por supuesto, que nunca jamás hubiera llegado al final, -!ni loca!-, que porqué no hablamos, que somos personas mayores, que todos cometemos errores en esta vida, que nadie es perfecto, que lo importante era corregirlos y avanzar, que la vida era un aprendizaje, que si él era perfecto acaso, que mi amor esto, que amorcito lo otro, que mentira, que no era así, no exactamente así, y si era así, qué importancia tenía, y que si la tuviera, acaso, si se atrevería él a tirar la primera piedra y Miguel pensó que mejor reconocerse como centro del problema, lo siento, no me encuentro bien, no es nada en particular, simplemente no quiero seguir, no estoy preparado, lo siento, mientras Blaca Clarisa despliega la maquinaria de la comprensión infinita, el apoyo incondicional, el cariño, el afecto, materno si quieres, y las caricias, una, una sólo y estás perdido, piensa él, se advierte a sí mismo y ¿qué hacer, como resistirse? Acabarás en la cama, de todas formas, puedes apostar, donde la pericia del amor se abrirá en su abanico más amplio y perfecto, pero una nueva trampa se habrá tejido, dulce, puedes perder el tiempo diciendo eso de que que ya lo hemos intentado y que no funciona, pero te dirán que eres negativo o aún cobarde, como quieres que funcione si dices mil veces que no va a funcionar, qué hora es, hasta las nueve ella tiene tiempo, todo el tiempo, y son, no llegan, las siete y media, hora y media, noventa minutos, cinco mil cuatrocientos segundos, Numancia, no mi amor, no te levantes, se vuelve a sentar ahora sobre tus piernas, cosquillas en el abdomen, ruge la máquina del amor en sus movimientos últimos, casi violentos, se escuchan ayes y gemidos, quizá por última vez, los de él miran al techo, los ojos de ella a los de él, en qué piensas, hubiera preguntado en otra ocasión, se levanta para ir al baño, ya van a ser las nueve y es domingo, ¿el domingo es el primero o el último de los días de la semana? Ella podría defender cualquiera de los dos argumentos, como el mejor abogado.

Atlántica 8: Bonanza

Atlántica 8: Bonanza

 

            El alcalde de Bonanza, Teófilo Rivera, era “del Frente de toda la vida”. Hombre campechano, de trato familiar, ofrecía a la Organización, decía, toda la colaboración de la Alcaldía: terreno, madera, mano de obra, intermediación con la empresa minera para suministro eléctrico gratuito, apoyo en la gestión, expertos contables de la Alcaldía, la ayuda del juez para formular la reglamentación estatutaria.

            Le parecía muy bien lo de la junta plural y democrática que supervisara la administración de la farmacia. En la junta, claro estaba, deberían estar representadas las organizaciones locales más significativas -se apresuró a señalar algunas-, como el sindicato de mineros, la asociación de mujeres y la agrupación de campesinos. No le parecía adecuado, sin embargo, aclaraba el alcalde, que manejase la farmacia la Dirección Local de Salud, que tan mal administraba, a su entender, el hospital. En cualquier caso, afirmaba:

            -Estamos a la orden, doctor, por el bienestar del pueblo.

            Por otro lado, con sentimiento recíproco, el doctor Bermejo consideraba muy arriesgado poner la administración de la farmacia en manos de esta alcaldía de tan dudosa honestidad. A Bermejo le parecía que era mejor que estuviera en manos de la iglesia católica, por ejemplo, o de quien fuese, antes que en las del alcalde.

            El padre, que compartía con el doctor las dudas sobre el alcalde, estaba dispuesto a tomar la responsabilidad de la administración pero, el pastor de la iglesia morava haría lo posible, y lo imposible, porque el padre no administrara tal proyecto, ni otro que menguara su influncia, ensanchando la de aquel. El pastor, entre el alcalde y el padre, se queda con el alcalde.

            De modo que todo estaba bien enredado, aunque nadie lo hubiera dicho en aquella reunión del día siguiente, que tuvo lugar en la casa de la Alcaldía, donde todo el mundo estaba tan diplomático y cortés y todo eran ofrecimientos y muestras de compromiso. Todos prefirieron hablar de los problemas que podrían sobrevenir de la administración de los botiquines en las comunidades rurales que de lo tocante a la farmacia de Bonanza, que debería abastecerlos.

            Finalmente se alcanzaron algunos acuerdos concretos: La Organización, que promovía el proyecto, prepararía un borrador de estatuto para la farmacia; la alcaldía propondría varios terrenos a donar, para iniciar las obras; en el mes siguiente la Dirección de salud organizaría un taller con todos los promotores de las comunidades rurales para explicar el proyecto; y después del taller, la Dirección y la Organización presentarían el proyecto en cada una de las comunidades, para informar a los campesinos.

            En la tarde, en la casa de la Organización, Natalie y Miguel discuten sobre la redacción del estatuto y sus implicaciones. La Junta ejercería las funciones de supervisión y control de la farmacia. El problema era que si la junta elegía, finalmente, una organización encargada de la gestión diaria del negocio, ésta recaería, con toda probabilidad, en la Alcaldía. La mayoría de las organizaciones que compondrían la Junta eran filosandinistas, y al margen de lo que sus responsables pensaran sobre el alcalde, ante una votación de aquella naturaleza, cerrarían filas con la Alcaldía. Otra posibilidad podía ser, pensaban, encargar de la cotidiana gestión de la farmacia, con carácter permanente, a una organización determinada, cuyo mandato podría, en todo caso, ser revocado por la junta. Esta última era la solución que se había elegido en Waspam, pero sólo podía operar con un acuerdo amplio, casi unánime, de todos los miembros de la junta, lo que, precisamente, parecía imposible en Bonanza.

             Durante aquel fin de semana Natalie y Miguel siguieron hablando con unos y con otros y no pudieron sino confirmar el disenso. En todo caso, pensaba Miguel en voz alta, no iba a recaer la farmacia en las manos de este señor particular, Teófilo Rivera, sino de la institución: la Alcaldía de Bonanza, democráticamente elegida. En realidad no había ninguna otra organización con carácter más representativo en el municipio, de modo que, sobre el papel, teóricamente, era la más idónea para gestionar ese, en gestación, negocio público, sin afán de lucro, que sería la farmacia de Bonanza.

            Miguel defendía estos y otros argumentos, todos lógicos, pero no por ello dejaba de compartir los temores de Nathalie. Aquella farmacia podía terminar siendo un negocio privado del señor alcalde o de algún allegado y su estatuto en el cubo de la basura y en el rescoldo de alguna memoria contrariada. ¿Recuerda usted cuando vinieron aquellos cheles con tantas buenas intenciones y tanta democracia y ...? 

            En aquella noche, Miguel se levantó con el coro de la gallera, sin necesitar despertador.

            Llovía.

Atlántica 7: El profesor Montenegro

En los días siguientes Miguel fue tomando el pulso a la capital. En ocasiones acompañaba a Rigoberto a hacer algún trámite. Poco a poco iba aprendiendo a distinguir todas aquellas avenidas adoquinadas que parecían tan iguales. A ellas afluían las calles perpendiculares sin asfaltar, que se adentraban en los barrios populares.

Las lagunas que salpican la ciudad aparecen y desaparecen, ante los ojos de Miguel, como en un juego de magia.

-Esta es… Tiscapa

-No, Nejapa

Iba, el neófito, aprendiendo a tomar referencias. De la fábrica de leche Nestlé, dos cuadras al este y veinte varas al norte. Del semáforo de repuestos La Quince, tres al lago.

 Miguel tuvo que hacer numerosas visitas, en su calidad de representante de la Organización. Ministerios y embajadas, la oficina de la Unión Europea o la Organización Panamericana de la Salud, organizaciones internacionales de ayuda humanitaria que trabajaban en salud y organizaciones locales. Departía con unos y con otros, tornándose más complejo, a sus ojos, el país que desvelaba, como un caleidoscopio, visto desde aquí y desde allá, todas sus caras, sus disputas, su herencia y su carácter.

            Lisette y Rigoberto se iban, habitualmente, sobre las cinco de la tarde. Entonces, la oficina se convertía en casa. Miguel solía usar el jardín interior, para leer o descansar en la mecedora, bajo el limonero prodigioso. Pero muchos días trabajaba, también, en la tarde, aprovechando la calma. El perro Estrella, a esas horas, solía acompañarlo, antes de iniciar su periplo nocturno.  

En las mañanas llegaba Rigoberto y la casa se convertía, entonces, de nuevo, en oficina. No tardaron, el español y el nica, en acoplarse en el trabajo, de forma tal que, entre ambos, salvo en algunas funciones particulares de cada cual, lo mismo, el uno que el otro, se aplicaban a labores de administración que de secretaría, transporte, logística, intendencia, relaciones públicas, comunicaciones o lo que viniera a ser menester.

            El Chepe Toño venía un par de veces a la semana, a dar mantenimiento a jardines y vehículos. Tenía el Chepe veintidós y había hecho el servicio militar en el Ejército Popular Sandinista, en los años de la guerra. Le tocó andar en lo más duro –tenía a orgullo contar-, en la Costa Atlántica, protegiendo las obras del tendido telefónico que la revolución acercó hasta la mera Puerto Cabezas. Era el menor de siete hermanos antes de la guerra y de seis después. Vivía el Chepe a tres horas, entre caminar y en bus, de la casa de la Organización.

            -¿Cuándo va a venir el doctor hasta allá, para que conozca? –invitaba cordialmente el Chepe.

            En aquella tarde, Miguel había terminado la propuesta. Estaba lista para ser enviada a París. Bueno, esto hay que celebrarlo. Miguel abre la puerta de la verja. Estrella sale volando, trota en la calle, corretea aquí o allá. Aquel perro noctámbulo disfrutaba tanto la calle de noche como el reposo diurno a la sombra de la casa. ¿No se suponía que debiera ser al revés?

            Entre lavavjillas, bananos, plátano maduro, papas, tomates, arroz, pastas, papel higiénico, cervezas, refrescos, cigarrillos, atiende Marlene, una morena de  Bluefields, alta y hermosa, que camina con parsimonia al otro lado de la verja. Por el ventanuco transa las mercancías y los billetes. Cuando nadie pide, se sienta en la mecedora, a quitarse el calor con un abanico chino y en cada vaivén, su cuerpo maduro, viene y va, viene y va.

            El vidrio de los ojos de los bebedores de cerveza examinan el movimiento deliberado, casi hipnótico, desde el exterior, donde hay un par de mesas y unas sillas. Pero esta tarde todo está muy tranquilo, sólo hay un hombre sentado, que bebe una cerveza.

            Miguel pide una Victoria que Marlene limpia con un trapo, cuidadosamente. Tanto, amor, le dice, y recoge el billete. Se va a por los cambios, caminando lentament. Al volver repasa a Miguel de un vistazo, de la cabeza a los pies.

            Miguel se sienta, procurando un buen ángulo. 

            El hombre sólo que bebe cerveza resulta ser Cesar José Montenegro, profesor de Filosofía de la Universidad Nacional, licenciado en Barcelona, sí señor, como estaba oyendo, de eso hacía, ya, unos veinticinco años. Conocía Zaragoza, claro que sí, el agujero en la piedra de la Virgen del Pilar, labrado beso tras beso. Claro que aquellos fueron los años sesenta, aquella, otra España. Luego había conseguido una beca para hacer un postgrado en Alemania. También había vivido en Inglaterra, en Italia y en Francia, aunque periodos más cortos. De Alemania se volvió para acá, cuando el triunfo del Frente. ¡Imagínese! El triunfo de este paisito tan chico era, a la vez, el triunfo de toda la América Latina y del mundo entero, de la izquierda mundial. Casi corriendo, se había venido el profesor, suspirando por llegar a Managua, no pudiendo creer que el piloto anunciara la llegada al aeropuerto internacional “Cesar Augusto Sandino".

            El profesor Montenegro era hombre de formidable memoria. Recordaba la geografía catalana perfectamente y era capaz de hablar cinco idiomas, uno de ellos, el catalán. Y eso que el profesor lo había aprendido cuando el uso de aquel idioma estaba prohibido.

            El profesor estaba separado y tenía una hija que no vivía con él, sino con su madre. Con él vivía su hermana, que también estaba separada y los dos hijos de ella y otra niña adolescente que habían recogido cuando era pequeña, y la señora que hacía la comida, que era como de la familia. Vivían allí no más, a  cuatro cuadras, donde a partir de ahora tenía el doctor su casa.

            -Hágame el honor, doctor, tomaremos allí la última cerveza.

Para Pilar Alcalde. Atlántica 6: Los sucesos de Estelí

Para Pilar Alcalde. Atlántica 6: Los sucesos de Estelí

Las emisoras, libres de la monotonía democrática, emiten los acontecimientos en tono de parte de guerra, desde sus más nimios detalles.

¿Era el EPS -¡Ejército Popular Sandinista!-, el ejército de los sandinistas o del país entero? Si las armas estaban, aún, en manos de los sandinistas ¿en qué manos estaba la democracia? ¿Qué democracia de a verga era esta?

Mirada atenta de los Estados Unidos. El paquete crediticio pendiente de aprobación, condicionado al avance democrático.

Mi general, comprenda usted que no puede seguir en el cargo si aparece incapaz, ante la opinión pública, de poner coto a estos desmanes. ¿Quién es el pendejo que manda a esos hombres? No es tan pendejo, acaba de vaciar las cajas de los cuatro bancos de la ciudad.

El jefe recompa da una entrevista en el mero centro de la ciudad, en la “esquina de los bancos”. Reclama algo al nuevo gobierno, “gobierno de ladrones, vendido a los gringos”. La gente espera en la calle, a ver que pasa, aunque cerca de la casa de uno o de la de un amigo, para refugiarse cuando empieze la balacera.

            -¿Cómo terminará esto don Lucio?.

            La periodista es hermosa y a don Lucio le gustaría tener cuarenta años menos.

            -Quiera Dios que en paz.

            -¿Usted cree que los sacará el EPS, que se matarán entre hermanos?

            -Todos somos hermanos -dice don Lucio.

            -¿Y el obispo, qué dice el obispo? ¿Usted cree que mediará el obispo? ¿O el cardenal?

            -Yo no sé -dice don Lucio.

            Al día siguiente, la ciudad registraba una intensa actividad. La gente disputaba la calle a los vehículos, para un echar un vistazo en los tenderetes, comprar algo, ir a hacer un mandado.

Miguel, de no saberlo, hubiera jurado que no había sido allí, donde hacía, apaenas, veinticuatro horas, se habían dejado la vida unos cincuenta recompas y un puñado de soldados. Sí, allí mismo, en la esquina de los bancos, en el parque.

Aquel muchacho no tendría dieciséis años, recordaba Miguel, el de la televisión, aquel que yacía con el cuerpo retorcido, sobre la acera, la cabeza colgando sobre la alcantarilla.

            -No señor -contestaba don Lucio amablemente, y añadía:

            -Esta casa que usted ve, fue acribillada por la Guardia Nacional, hace ya unos años, cuando la guerra del sandinismo contra la dictadura. Así quiso el Frente que quedara: tal cual; en honor y recuerdo a los muchachos que combatieron a Somoza.

            Pero, si querían los doctores, podían ver allá, en la esquina de los bancos, las señales del tiroteo de ayer.

            -Vengan, yo los acompaño –dice, solícito, don Lucio.

            No le había temblado la mano al Ejército, pensaba don Lucio. Eran otros los muchachos pero eran los mismos. Los muertos, quiero decir. Los muchachos combatieron a Somoza. Los muchachos combatieron a la Contra. Los muchachos tomaron Estelí. Muchachos que combatieron a Somoza y a la Contra mataron a los muchachos que tomaron Estelí. Eran otros pero los mismos muchachos. ¿Porqué no fue el obispo a mediar, o el cardenal?  Había cumplido el ejército a satisfacción con su función esencial: matar –¡hijueputa!-, matar. El ejército, hasta aquel día popular sandinista, era, desde entonces, nacional nicaragüense. En otras palabras: capaz de matar a cualquiera. Que calle el gringo. Que vea, pues, que ya no es izquierdista ni sandinista, este ejército, sino matachín y democrático. Afloje la plata el gringo.

              -¿Iba a venir el Papa, ahorita, a hacer algún regaño?

             También el hospital había sido baleado. Un grupo de recompas se había atrincherado allí, explica el director, que agradece la visita de los doctores y confiesa:

            -Sí señor. Algo de miedo sí que pasamos, no les voy a mentir.

           Cualquier ayuda que puediran hacer llegar los doctores iba a ser muy bien recibida, -!claro!-, medicamentos, material hospitalario... El servicio, como se comprendía, había estado muy exigido y ustedes saben que siempre trabajamos con una tremenda escasez.

            El hospital, huérfano de cualquier trabajo de mantenimiento, no estaba en mejores condiciones que sus hermanos de la Costa Atlántica, que ya Miguel conocía. Pero, a diferencia de aquellos, éste estaba perfectamente rodeado de toda clase de clínicas y negocios de medicina privada, como le indicó a Miguel su compañero de viaje: el doctor Germán López, coordinador de la organización, con sede en Bruselas, “Salud Global”.

             Cuarenta muertos no habían alterado un ápice el trajín diaro de la ciudad -meditaba Miguel en el viaje de vuelta-, que se había levantado, al día siguiente, como si tal cosa, como si, después de un día festivo, sobrellevara, con algún dolor de cabeza, la resaca de una mala borrachera. Todos había vuelto a su trabajo salvo, quizás, algún joven de Estelí que debió haber pertenecido a aquella desgraciada tropa.

            -No para todos desgraciada, rectificaba Germán. Para algunos había sido la tropa de la fortuna, como para el jefe, que había escapado a la montaña con la plata de los bancos.

            Y la memoria de los cuarenta muertos, balbucea Miguel. Pero a veces la plata dura mas que la memoria.

Crónicas urbanas: el ñero

Crónicas urbanas: el ñero

El sol del relámpago amenaza cercenar la luz eléctrica. Repiquetea el granizo sobre los cristales y sobre el tejado de zinq. El estruendo es tremendo pero no hay de qué quejarse. La isla de Providencia está amenazada por un huracán y yo estoy aquí, sentado en mi oficina.

En algún lugar, al amparo de un estrecho tejadillo se guarece, a duras penas, uno de esos hombres que llaman desechables, o ñeros. Los ñeros duermen, lo que pueden, de día y trabajan por la noche, pero con este tiempo...

Los ñeros reciclan cartones y papeles y latas y botellas y deshechos de oficina y duermen por el día. En una celda de un conventillo, cuatro donde caben dos, o en un parque o en el portal de una casa deshabitada o en un cajón de madera techado de plástico.

A los ñeros no los quiere nadie, ni Dios. Por eso Él desencadena estas tormentas, para atemorizarlos y empaparlos hasta los huesos.

Entre los ñeros también hay clases, los hay de bolsa o saco en ristre o de zorra de tracción humana o animal. El del saco sueña con la primera y el que tira de ella con la caballar, si ese abjetivo puede otorgarse a tan famélicos animales. Los ñeros aman los perros y andan siempre rodeados de algunos de ellos, perros sucios y de mal genio que les ayudan a hacerse respetar entre guardias y matones.

Los ñeros y sus perros van comiendo lo que encuentran al paso, en este o aquel cubo de la basura. Abren las botellas de yogur y apuran el contenido, pero muchas ya están abiertas y vacías. ¿Qué le costaría a la gente dejar un poquito dentro y cerrar bien la botella?

La policía no ama a los ñeros. Procuran echarlos de los lugares públicos donde habita la gente decente que emprende negocios y hace prosperar el país. Los ñeros no son buenos para los negocios. Y cada día hay más ñeros en la calle. !Que fatalidad!

La tormenta ya amaina, así que aquel ñero sale de su tejadillo. Se abalanza sobre una colilla, recién arrojada al suelo, que todavía humea. Camina rápido para quitarse el frío. No mira mucho a la gente ni le gusta que lo miren a él. Le gustaría, no más, ir vestido como los otros, "los demás", para pasar desapercibido. Eso es todo lo que pide el ñero.

Pasa por delante de un negocio y mira, fugazmente, hacia adentro. Ve a un hombre solo que bebe cerveza. El hombre está triste. ¿Por qué estará triste ese hombre, si está sentado en el bar y tiene una cerveza sobre la mesa y un paquete de cigarrillos y un encendedor y la camarera le sonríe, incluso con algún deje de picardía?

El ñero camina muy rápido porque hace mucho frío, va a ningún lugar. Al fondo de la acera ve un perro, cambia la dirección. Los perros de los "demás" tampoco quieren a los ñeros. Yo estoy aquí, sentado en mi oficina.

 

 

Atlántica 5: Donde la Doñita.

Atlántica 5: Donde la Doñita.

En el filo del barranco regenta un negocio la Doñita. El diminutivo pertenece, sin ambargo, a una negra monumental que pasa del metro noventa y de las doscientas cincuenta libras. La tal Doñita arrastra las chanclas al andar y espanta los zancudos con un trapo para todo, que lleva colgado en el hombro. Mucho gusto, doctor, dice, sin saber, ni importarle, si el recién llegado tiene o no tal condición. Llamar a la gente de doctor o de ingeniero, y en todo caso no menos de licenciado, es bueno para el negocio, y si de un uniformado se trata, aunque sea un soldadito bisoño, de comandante.

Ahí, donde la Doñita, a menudo se dan cita, con los habituales del lugar, gentes de distintas nacionalidades o naturales del Pacífico que andan trabajando en los distintos proyectos de la región. Era aquella una zona especialmente deprimida del país, por lo que a menudo resultaba ser beneficiaria de distintos proyectos de la cooperación internacional o de la ayuda humanitaria.

Los misquitos gustan de mezclarse con los extranjeros, quizá más que con sus compatriotas del Pacífico para los que guardan un recelo histórico. Ellos suelen dividir, en su particular etnografía, el mundo en tres pedazos: el de los extranjeros, normalmente blancos, cheles; el de los nicaragüenses del Pacífico o españoles; y el mundo de la Costa, por antonomasia la Atlántica, que comparten con otras tribus, especialmente con los indios sumos, con los que los misquitos juegan un rol de dominadores de la misma forma que, con sus paisanos del Pacífico, de dominados.

Casi a la par que los tres voluntarios de la Organización entraban, al negocio de la Doñita, dos hombres más, que saludaban cordialmente a las enfermeras francesas. Se sentaron, finalmente, todos juntos, en el balcón que daba a la cuenca del río, todavía encarnada por el atardecer.

El chileno Humberto Castro y el uruguayo Marcelo Bratti trabajan en Propaz, una organización creada “ad hoc” por las Naciones Unidas para cooperar con la política de reconstrucción y de reconciliación nacional del nuevo gobierno. Propaz se dedicaba a adelantar proyectos, aclaraba el uruguayo, que pudieran facilitar la reinserción social de los desmovilizados del, reducido después de la guerra, ejército popular sandinista, EPS, y de la guerrilla contra-revolucionaria, la contra. Trabajaban en labores de intermediación con los grupos todavía alzados en armas o rearmados, fueran sandinistas o de la contra, cuando así lo solicitaba el gobierno de la República. En el río Coco, Propaz desarrollaba algún pequeño proyecto agropecuario.

Cuando el chileno Humberto Castro propuso cambiar el rumbo de la conversación, que derivaba por vericuetos más bien técnicos, para dar la bienvenida al doctor, entrechocando las botellas ambarinas de la cerveza Victoria, como si el resto de la ciudad quisiera sumarse a la celebración, se produjo una súbita algarabía de gritos y vítores.

 ¿Qué ocurre, qué es esto?

Saludaba la gente, alborozada, la llegada de la luz eléctrica, en aquella ocasión, después de una ausencia de más de quince días. Al parecer, explicaba Marie, la alcaldía se había quedado sin plata para comprar el combustible de la planta electrógena municipal. Pero a nadie ya le importaba aquello. Había luz y el día se prolongaba en la noche.

El doctor trajo la luz, vea Doñita, bromeaba Humberto y añadía:

-Pónganos otras, bien heladitas, para celebrarlo.

Así que brindaron de nuevo, ahora por la luz y siguieron conversando, de Nicaragua y la Costa, de la paz, tan frágil, de Picasso, que vino al pelo de la conversación, de España, de Chile, de Francia y del Uruguay, de la Lombardia, de Santiago, de la Bretaña, de Punta del Este, de Valparaíso, de Aragón, de los barrios de Montevideo donde se baila el Candombé, de Serrat, de Violeta Parra, de los maquis, de los montoneros, del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, de la Resistence, de la revolución popular sandinista, de los gringos, de Cuba, de Fidel, que no era pariente de Humberto Castro que ya tenía hambre, -¿ustedes no?-, del sandwich chacarero, de la sopa de cebolla francesa o de ajo, española, de remedios para espantar a los zancudos cuyo momento predilecto para mortificar los tobillos de los hombres era el atardecer -dicen que el jugo de piña ¿será cierto?-, comprobando, en fín, que cualquiera que sea la cultura de los hombres siempre hay más cosas que unen de las que separan, si se toma uno el tiempo en buscarlas.

Atlántica 4: El Wonki

Atlántica 4: El Wonki

En la tarde, los tres voluntarios fueron a cumplir visita con las autoridades. El jefe de la Dirección Regional de Salud era un negro bien parecido, que llevaba fama de mujeriego. Hizo sentarse a los extranjeros en su despacho y tomarse un café fuertemente azucarado.
Agradecía mucho el doctor Edwars, que así se llamaba el director regional, en nombre de la Región -decía- tan necesitada, la cooperación que brindaba la Organización, y se congratulaba de la llegada del doctor -¿Como era que dijo..? ¿Anlló?-, que hablaba tan bien español.
-Mejor dicho: ¡Perfectamente! ¡Ah! ¿Es que el doctor es español? Pensé que el doctor era francés.
Y añadía, ceremonioso:
-Es un placer, doctor, bienvenido. Lo que necesite... Quedamos a la orden.
De la Dirección Regional de Salud fueron, los tres voluntarios, al Hospital Regional, donde la directora, doctora Olga Cuningham, les dijo agradecer en mucho la visita y les mostró las instalaciones aquellas que estaban "enteritas para tirar a la basura". Iba a ver el doctor.
Sí, había un proyecto -decía- para construir un hospital nuevo, que tanta falta hacía, pero quien sabía cuándo, si acaso sucedía, se iría a ejecutar.
-Vea usted –señalaba- el hacinamiento del servicio de urgencias. Esta parte la tuvimos que cerrar, era destinada a infecciosos. Allá están los rayos y aquí –indicaba- el laboratorio. Si quería el doctor se podía vestir para entrar a ver el quirófano –añadía, solícita.
El Hospital contaba con seis médicos especialistas, explicaba la doctora Cuningham, uno es de aquí, misquito, sí señor, y los otros cinco cubanos. Habían venido cuando la revolución y ahora estaban financiados por un programa de Naciones Unidas.
-No me pregunte qué vamos a hacer el día que se vayan -advertía.
Claro que había más médicos misquitos –contestaba a la pregunta de Miguel- pero estaban en Managua. Cuando iban a estudiar la especialidad se amañaban a la capital y ya no volvían, los muy granujas. Sólo uno regresó -contaba bajando la voz, secreteando-, el que tenemos aquí, que, entre nosotros, está un poco chiflado.
Tenía uno que estar bien enfermo –pensaba Miguel- para ir a buscar ayuda a aquel sitio sucio y maloliente. Aquella tabla probablemente nunca fue sustituida ni aquella placa de zinc repintada, ni aquel colchón protegido. Cuando la decrepitud en un espacio era completa se cerraba el área, como había ocurrido con las salas de infecciosos, y se continuaba trabajando en el resto del edificio. El servicio de urgencias desprendía un fuerte olor a orines.
Kristell le advirtió a Miguel que aún tenía que ver el hospitalito de Waspam.

Regresaban a casa, tras las visitas, los tres blancos, caminando las calles por tramos polvorientas o embarradas, tratando de adivinar los mejores pasillos.

En la taberna de enfrente de la casa de la Organización suena un regae que compite -a ver quién puede más-, con el volumen del diálogo de la película. La muchacha que atiende mira la tele con sus ojos grandes donde, desde la ventana de un apartamento de Manhattan otra muchacha, esta vez rubia, sofisticada, mira las luces de la ciudad.

Y en la mañana del nuevo día, el equipo viaja por el camino que lleva de Puerto Cabezas a Waspam. Conduce el vehículo un misquito que tiene, contra la costumbre, el apellido español. Es que mi abuelo era español, aclara Denis Sánchez. Y ahora se vienen a enterar de aquello Kristell y Marie, ya que el misquito se prodiga muy poco en la conversación, sea en español o en su propia lengua.
Le llaman Los llanos a esta comarca que separa la capital de la región de Waspam: el núcleo urbano principal de la vertiente nicaragüense del río Coco. Es una estepa de pinos y maraña de monte bajo, poblada por venados. Junto a la carretera puede verse algún terreno dedicado a pastizal.
Viene a costar unas tres horas, en época seca, llegar hasta Waspam, desde la capital porteña.
Denis conduce con pericia, metiendo las ruedas por el lugar menos hondo de los charcos, que conoce de memoria, con el fin de castigar lo menos posible al vehículo y a sus pasajeros. Maneja más bien rápido y toma las curvas, muchas veces, por el centro o por la izquierda, lo que sorprende a Miguel hasta que se entera de que la enorme polvareda que levantan los vehículos que vienen de frente, advierten, antes de verlos, de su presencia. Se percata de ello y del color del cabello de todos los pasajeros, blanco, como el de cejas y pestañas, como si aquel viaje estuviera durando una eternidad.
¿Pero dónde está la selva? Se pregunta Miguel, sorprendido por aquel territorio que podría ser mediterráneo, que no distaba tanto de algunos que podría encontrar en su mismo pueblo, si no fuera por algo que aún no había conseguido identificar, algo distinto que tiene delante de las narices y que por tan evidente no puede ver.
Pasan por Krukira Tara y Denis dice “tornado” y señala con un gesto de la cabeza a la derecha. Y allí estaba, nítido, el pasillo de destrucción a ambos lados del cual las casas permanecían intactas. Era como si Dios se hubiera ensañado sólo con aquellos pobres que por alguna razón, o sin ella, habían plantado la casa allí, en el lugar equivocado. Aquella lotería divina o del azar, de la física o del caos, había destruido sin paliativos una parte de la aldea sin afectar un ápice al resto de la comunidad.
Vadearon el río Bismuna con el agua en la tripa del carro, dibujando una curva para pasar por donde menos cubre. Atravesaron alguna comunidad más, de casas de madera sobre pilastras, tejados de zinc o de palma y llegaron al puente del Warkarlaya.
Allá toca parar y pagar algunos pesos a un grupito de aldeanos que, sosteniendo algunos avíos, fingen realizar labores de mantenimiento de la calzada. Unos metros más allá, convenientemente separado del grupo, pero suficientemente visible, se pasea otro paisano, exhibiendo un kalashnikov.
Bajando el pequeño puerto se adivinan, entre los matorrales, las primeras casas de Waspam.
La casa de la Organización es toda de madera. Está rodeada por un patio vallado donde juega un venado. Adentro hay algunos árboles, bananos, dos letrinas y un pozo, y una pequeña caseta donde se guarda el grupo electrógeno. Desde el corredor, que se extiende a lo largo de la fachada de la casa, se ve la calle principal, por la que pasea la gente cuando cede el sol.
Doña María tiende la ropa con sus manos negras, grandes y suaves. Interrumpe su trabajo para ir a saludar a los recién llegados. Mucho gusto, saluda a Miguel, la Doña, como todos la llaman cariñosamente.
Doña María Swartz es alta y delgada, tiene el ademán elegante y los ojos grandes que revelan que debió de ser muy hermosa cuándo joven. Se va, la doña, a añadir el hielo al fresco de mango que tiene preparado para los viajeros que están sedientos, que van a descargar el equipaje y a lavarse y a quitarse un poco el polvo acumulado en el camino, antes de sentarse a la mesa.
Todos comen y ponderan la comida de la Doña, que es pollo encebollado, guarnecido con frijoles y arroz, ensalada y tajadas de plátano fritas.
Al caer la tarde, los tres voluntarios van a dar un paseo hasta el río.
Pequeños negocios flanquean la calle principal. Tiendas donde puede comprarse algunas latas de comida, cigarrillos, refrescos, cervezas, pilas, papel higiénico, chucherías, pinzas para colgar ropa, botas de agua, mecate, huevos, plátanos y, hasta a veces, pan. A la derecha queda la alcaldía y a la izquierda la escuela pública, las dos pintadas del celeste de la bandera nacional. Más adelante los últimos mercaderes recogen sus tenderetes de carnes y frutas, frente al único hotel de la ciudad. Entre el mercado y el río, varias tabernas confunden sus músicas en la calle.
La avenida muere en el lomo del barranco que separa la ciudad del río, poniéndola a salvo de las inundaciones, de las temidas “llenas”. Un pórtico de cemento sirve como almacén para las mercancías desembarcadas o a embarcar. Desde allí, una escalera desciende algunos metros en dirección al río.
¡Allá estaba el Wonki! Como ellos lo llaman, tan simplemente: “el río”; ante los ojos emocionados de Miguel.
El Wonki o río Coco se reconoce como frontera natural entre Nicaragua y Honduras pero sus seculares habitantes, los misquitos, no entienden de esas divisiones políticas. No les vengan con la “carta de adhesión de la Mosquitia a la República de Nicaragua” de don José Santos Zelaya u otras componendas políticas de Managua y Tegucigalpa. Para ellos, el Wonki es el alma que liga las comunidades de la región sin importar si están a un lado o al otro del cauce; el padre protector o punitivo, el escenario del amor y de la guerra, el lugar donde descansa la voz de los antepasados, la sonrisa de Mai-Sahana y Yapti-Misrri, padres, en la leyenda, de las tribus misquitas y sumas.
Si te lavas la cara en sus aguas, volverás a él, inevitablemente, le advierte Marie a Miguel.
Viene bajando, desde el poniente, el río serpiente rojo hasta los pies de la ciudad. Los más hermosos árboles escoltan sus márgenes, como soldados o vírgenes, para verlo pasar o inclinarse hasta él, en señal de respeto.
En el lado hondureño se distingue una pequeña casa. Es un negocio del ejército de aquel país que hace veces de tienda y taberna. Un bote está listo para cruzar el río y recoger a los clientes, a una señal. A este lado, un niño pilota un cayuco en el agua mansa, con la ayuda de una pértiga. En la orilla una mujer, con el agua a la cintura, golpea la colada contra la roca.
Dos mujeres y un hombre blancos bajan por el barranco, se acercan a la orilla.
En un despiste del hombre, embelesado con el atardecer encarnado, las dos mujeres le lavan la cara con agua del río.
-Ahora, tu corazón y el del río están unidos para siempre, dicen ellas, Kristell y Marie, casi al unísono.