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EL VIAJERO

Atlántica

Aquella huelga

Aquella huelga

Managua reventaba de barricadas. Los adoquines de la capital, los mismos que pavimentaron las calles principales de todas las ciudades del país, por estricta orden del dictador, dueño de la fábrica; aquellos mismos que, después, servirían para derribarlo, en la guerra de barricadas que se levantara contra la dictadura, venían, una vez más, a servir a la gimnástica revolucionaria que, otra vez, despertaba de su letargo.

         Para algunos aquella huelga llegaba como una bendición, con las primeras lluvias, para unir a la familia sandinista, dividida después de la derrota electoral, hundido, ya, el sueño revolucionario. Para otros era una maniobra, una demostración de fuerza. No sería del Frente la presidencia de la república pero lo eran, aún, además de alguna cartera ministerial, el ejército, la policía, los sindicatos ¡y la calle!

         -¡La mera calle, el pueblo! ¡Hijueputa!.

         No tendría el Frente la plata ni la capacidad para levantar el país como -decían sus detractores- se había demostrado en el pasado, pero, por si alguno lo dudaba, sí la tenía para ponerlo patas arriba. La fuerza estaba intacta. Se entere el gringo, hijueputa. No tocad la piñata. El despiñatizador que la despiñatizara o despiñatizase… Jugaba y tropezaba con las palabras y la ironía el poeta costeño, Isaías Francis:

         -Buen despitañizadorrr…será

         El profesor César José Montenegro se mostraba de acuerdo con Francis. La huelga era una respuesta del sandinismo al tímido intento del gobierno de arrebatar las propiedades que algunos sandinistas habían obtenido durante la Revolución, lo que la gente conocía como “la piñata”.

         El Frente Sandinista estaba advirtiendo con la huelga, pues, al gobierno y a sus asesores norteamericanos emboscados en las distintas organizaciones multilaterales, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización de Estados Americanos, Banco Iberoamericano de Desarrollo, que ¡no! Que lo que se da -¡o se toma!-, no se quita ¡Santa Rita! Que jamás aquellas propiedades, que pertenecieron al séquito de la tiranía, regresarían a las manos de su progenie inmoral.

         La doctora Cámara, sin embargo, hablaba del impuesto a los carburantes que había servido para hacer estallar la huelga.

-El impuesto es injusto, de acuerdo –decía ella.

Pero lo que era absolutamente intolerable era que, en este país, cualquier hijueputa se tomara la calle cuando se le diera la gana. Que el señor alcalde sería lo que fuere pero hacía cosas, vean la rotonda, la más grande de Latinoamerica y que los sandinistas no habían hecho sino robar y arruinar el país. Y lo decía ella, que había sido sandinista.

         -Más roba en un segundo el liberal, democrático supuestamente, dice usted, somozista, digo yo, amigo de los gringos, alcalde de Managua que… -contestaba el poeta Francis, con ánimo más de llevar la contraria y de ver embravecida a la doctora, a la que se le encendían las mejillas y pensaba Francis, los íntimos humores, que otra cosa.

         La conversación iba y venía, al calor del ron extra seco Flor de Caña, girando en los sucesos más recientes. 

         La casa del profesor Montenegro daba a un jardín amplio, con muchos árboles distintos. Un pino araucaria del sur de Chile presumía, entres sus vecinos, de su origen remoto. 

         -A éste lo llamamos aquí árbol de la Fruta de Pan. Es del Atlántico, de la tierra de Isaías.

         El otro era un palo de canela, un limonero, un mango… En la casa se sentía el calor que había golpeado la ciudad.

         -Está el cielo que se rompe -dice Isaías Francis.

         El cielo tenía su ciclo que Miguel ya había aprendido a leer. En aquella época, tras varios días secos, entre dos y tres, donde cada uno era más caluroso que el anterior, se desataba la lluvia suelta y bárbara. Y se repetía el ciclo.

         -Vendrá el agua gorda y se llevará el polvo de las calles, pero ni un deje de pobreza ni de ignorancia –musitaba Isaías, que parecía adentrarse en la borrachera y en la tristeza.  

         Miguel contó, respondiendo a Montenegro, de sus viajes a la tierra de Isaías Francis, que era natural de San Carlos, en donde, según palabras del propio poeta, “torcía el cuello” el río Coco, y de su viaje a Estelí y de su estancia en las Sierritas, en la traída del Santo.

         -Entonces -replicaba Montenegro- ya tiene usted una idea bastante cabal de lo que es nuestro país.

         -Un país lleno de vida -dijo Miguel que se sintió en la obligación de decir algo.

         -Sí -contestó el profesor- de vida y de muerte.

         La carne asada desprendía su olor característico. Los hijos de Lesbia, la hermana del profesor Montenegro, jugueteaban alrededor del fuego. Lesbia también era médico, pediatra y era amiga de Claudia Cámara desde aquellos tiempos pretéritos en que las dos estudiaban juntas en la Universidad.

         Montenegro y Francis, sin embargo, pertenecían a los círculos culturales del país, siempre activos, aunque venidos a menos tras el fin de la Revolución.

El que la doctora Cámara se conociera con Miguel probaba, definitivamente, pensaba Lesbia, que este paisito era un pañuelo.

Claudia se las había arreglado para venir desde su casa, callejeando por las vías secundarias, para evitar las barricadas, aunque finalmente había tenido que pasar por una de ellas. Les había dicho a los piquetes que “amorcito, déjeme pasar que vengo de trabajar del Hospital” y les había enseñado la bata blanca. Y claro que la habían dejado pasar, no fuera a ser que un día, uno de los miembros del piquete fuera a caer enfermo y la necesitara. ¿No le gustaría a usted, mi hermano, que le atendiera esa doctorcita?

         Giraba el torbellino de la conversación sobre si era o no legítimo usar aquellos medios para la protesta, sobre los medios y el fin, giraba y giraba y por alguna suerte de vínculo, difícil de recordar, se encontraba el profesor Montenegro contando algo de su experiencia en España. Años sesenta. Darle un beso a una chica era una proeza, recordaba el profesor. La palabra más ofensiva que cabía imaginar era “bastardo”. Imagínense, era terrible. Cuando aquí, sin embargo, todos somos bastardos, afirmaba sin el menor pudor. El socavón labrado en el pilar donde se apareció la Virgen ¡del Pilar! Millones y millones de besos, años tras año, siglo tras siglo, lustro tras lustro, aunque…quien podría jurar que algún fraile no hubiera hecho trampa, con un escoplo y una lija. Un fraile podía ser muy devoto y muy tramposo a la vez. La Virgen de Zaragoza se vino a aparecer el doce de Octubre, exactamente el día del descubrimiento. ¿Bendición del descubrimiento, de la conquista, de la avanzada proselitista? De nuevo: el fin y los medios. Las cien cabezas -¿eran cien o ciento cincuenta?- mandadas a cortar por don Pedro de Valdivia. A otros cien indios las manos. Y átense, después, a los indios sin manos, a sus muñones, las cabezas de los otros, una cabeza para cada uno. Y envíense de vuelta a su tierra para escarmiento del resto. Una bomba, sesenta y cinco mil civiles muertos, civiles sin fusil ni escudo. Pero una atrocidad no quita la otra y aunque a Miguel nadie ha pretendido herirlo en lo personal, le queda pendiendo del alma, tic, tac, balanceando, la sombra de una amargura.

         La carne ya está lista y el indio viejo espera. El indio viejo se cocina con harina de maíz y verduras y carne cocida deshilachada. Tan laborioso como sabroso era aquel plato, que provocó el silencio, mientras caía la lluvia copiosa.

         Horas más tarde, en la ya bien entrada noche, Miguel camina hasta su casa. Los vigilantes de la cuadra hacen sonar sus silbatos para denotar su presencia y ahuyentar a los ladrones.

Miguel se topa con el perro Estrella que corre a saludarlo, aunque sólo un poco ¿eh? Lo justo apenas, no vaya a ser que le echen mano y lo metan para dentro a vigilar la casa, en aquella noche, ya despejada, tan hermosa para el perrear callejero.

Miguel camina lentamente. A su memoria llega, terca, la fila de los indios moribundos de Pedro de Valdivia.

 

LA COMPRAVENTA (A Guillermo Hidalgo, in memoriam)

LA COMPRAVENTA (A Guillermo Hidalgo, in memoriam)

 

En cuanto llegó, a don Calixto le trajeron su sillón de mimbre. Era un hombre seco, de ojos claros y unos setenta años. En qué puedo servirles, dijo. Español. No me diga. Y usted, de dónde, de Chile. Vaya. Y a qué se debe el honor. No será una organización comunista, verdad. Propaz. Ah, sí conozco, eso de Propaz, a veces vienen por aquí, a comer. Bonanza. Hace más de diez años que no pongo un pié en esa ciudad. Si ustedes la hubieran conocido en sus buenos tiempos, cuando los gringos explotaban el oro. Yo tenía en Bonanza tienda de abarrotes y posada y carnecería. Farmacia dice usted. Ya tenía yo botica en aquel entonces, cuando Somoza. Que tiempo de a verga aquel tiempo. No se vayan a creer ustedes esas mentiras que andan contando los comunistas. Ya ven como ha quedado este paisito, desde que lo gobernaron ellos. A ningún hijueputa comunista de Bonanza quise yo venderle la casa, menos al ladrón del alcalde. Es muy buena casa la casa, aunque habrá que hacerle alguna reparación. Se construyó a la vez que las pistas de tenis de la casa de los ingenieros, al entrar a la ciudad, a la derecha, ya conocen. Duncan era el ingeniero. Un gringo grande que jugaba al tenis. Dieciséis mil, dice usted. Prefiero que se caiga a regalarla. El venía a veces a la posada, discretamente, con alguna muchacha. Carlita, amor, sirva a los doctores. Ya comieron, qué se toman entonces, un café. Hasta casino había, corría la plata. Y una docena de putales. Duncan no iba a los putales, venía a mi casa con las muchachitas. Y cómo está España, ese Franco fue un gran tipo, no le parece. Como Somoza. Imagínese usted cómo quedó este país que una casa vale dieciséis mil. Y qué será bueno para este reuma, doctor. Yo tenía la venta justo en el cruce, en el mero centro. La casa se compró después. Junto a la venta estaba la posada, ahora es una comidería, tengo entendido. Recuerdo al campesino esperando en la calle armado de machete. Duncan me tomó mucho aprecio desde entonces, bajé a hablarle, yo lo estaba viendo por la ventana, le dije que no mi hermano, que se fuera tranquilo para su casa que allí no estaba su hijita, que no fuera a creer toda la majadería que decía la gente. Ese Duncan era bien perro a las mujeres. Lo asesinaron los comunistas, qué les parece. Se vino todo a la ruina, para que valga una casa dieciséis mil. Carlita, mi amor, otro cafecito para los doctores. Los negocios estaban abiertos toda la noche. Casi todos trabajaban en las minas, unos pocos en el río, güirisiando. No, los sumitos sólo venían a comerciar. A veces se armaba alguna tremolina. A la niñita de don Jaime, pobrecita, le cayó un balazo. Dieciséis mil. Esa foto que ve usted ahí es de Bonanza, mire usted por dónde. Dieciséis mil. Con lo que me costó a mí construir esa casa. Qué será bueno para estos riñones, doctor. Carlita, mi amor, cuéntame la plata. Dieciséis mil tiene que haber. Tengan cuidado en el cruce. A la otra niñita de don Jaime la atropelló el camión de la mina, a las dos se las mataron. Duncan nunca quiso darle compensación, era prieto el hijueputa. Vieran como corría la plata entonces, hasta que vinieron los comunistas. Dónde hay que firmar. Tengan cuidado en la carretera. Carlita, mi amor, guarde este papel y acompañe a los doctores hasta la puerta.

-¡Qué viejo facho! Güevón

-Pensé que no iba a ceder -contesta Miguel- Te agradezco mucho la compañía Humberto.

-Ha sido un gusto. Pero ¡qué paciencia, por Dios! Yo lo hubiera mandado al carajo. Te felicito. En fin, esto bien merece un güisquicito. Conozco un sitio entrando a Managua.

Miguel se levantó a por otro güisqui. La mayoría de los pasajeros estaban dormidos o con los ojos cerrados, intentando dormir. Caminaba despacio, evitando tropezar en alguna pierna. Algunos ojos insomnes parecían practicar cálculos mentales. A tal hora salió el avión y a tal hora llega, salvando la diferencia horaria con España son exactamente tantas horas de vuelo, llevamos recorridas tantas, quedan, pues, tantas otras. Alguna cara aparece y desaparece, como un fantasma, iluminada por el resplandor de la televisión.  En el bar ya no está la azafata visigoda, habrá ido a descansar. Un muchacho joven habla con las dos azafatas que atienden. Parecen discutir sobre algo, quizá para matar el tiempo. Una de ellas mira a Miguel a los ojos, como invitándole a asentir o a negar, a entrar en la conversación, pero Miguel prefiere sonreír y no decir sino gracias.

            -¿Y dónde conoció al gordo Vílchez? -preguntaba la mujer la derecha.

Miguel había conocido al Ministro en Waspam, en una visita que hizo el político a la ciudad costeña durante las inundaciones del huracán Gert. La mujer de la derecha recordaba muy bien el huracán. ¡Claro! Les había tocado lidiar con aquella crisis en el Ministerio. Recordaba, también, las imágenes en la televisión de las comunidades anegadas y las fotografías de los periódicos con los cayucos navegando hasta la misma puerta de la iglesia de la ciudad Rama. ¡Ay! Este pueblo mío, siempre azotado por las calamidades.

Atlántica 10: Santo Domingo

Atlántica 10: Santo Domingo

 

 

En las sierritas de Santo Domingo, la multitud de garitos portátiles se articulaba, desordenada, rodeando al entarimado principal, donde se turnaban a tocar conjuntos locales o traídos del Atlántico, y a la plaza de toros portátil, lista para practicar la monta.

Carnita asada, quesadillas, nacatamales, costillaeserdo, cerveza, guaro. Una pista de baile en el centro de cada negocio, compitiendo en estridor con la vecina y con la música del estrado principal. Algarabía de ritmos y olores. ¡Magnífico lugar para agarrar unas amebas! Dice Higinio, un avezado voluntario de la Cruz Roja, medio en serio y medio en broma. En el garito de enfrente se cobra entrada. Varias parejas bailan en la pista protegida por una verja de cedazo. Una de las mujeres ondula su cuerpo que se expresa abierto como un reclamo. Afuera, algunos hombres harapientos cuelgan, ebrios, de la verja, alimentan, con sus ojos codiciosos, la energía cósmica de sus caderas. El hombre que baila con ella presume como un pavo real, borracho de exhibición.

Le parece a Miguel que la cosa no es para tanto. No eran muchos los heridos que hasta el momento se habían atendido, apenas una docena.

Pero pasando la media noche los pacientes van siendo más. En ocasiones llegan varios a la vez, como en oleadas, casi siempre a resultas de pelea. Sin salir del jardín del centro de salud, Miguel puede ver una de ellas. Se arrojan los contendientes, botellas y piedras o lo que venga a mano. La intervención de la policía pone fin al encuentro violento, con extrema violencia. Cortes de puñal o cuchillo o machete, la marca redonda, nítida, del culo de una botella dibujada perfectamente en la frente desgarrada, un tajo en una mejilla o en una teta, el cuero cabelludo flotando encogido para mostrar el cráneo, caras asustadas o inconscientes, intoxicadas, estúpidamente sonrientes, indiferentes o satisfechas.

No cesará la máquina violenta con la aurora, en el momento álgido, en que se preparen los varones para competir por un estribo del soportal del santo Domingo de Guzmán. Los más fieros o de menos escrúpulos o más porfiados o más listos bailarán la peana, al salir de la ermita, ante el griterío ensordecedor de la multitud ebria y exhausta, amontonada. Habrá quien llore y quien rompa en convulsiones, verdaderas y fingidas, quien se desmaye, quien aproveche el momento para sobarle las nalgas a esta chela de delante, quien saque un cuchillo y pase una cuenta, quien gritará transido que !viva Mingo! Y contesten mil gargantas que viva. Que viva Mingo, el santo de los managuas.

Y caminará, por fin, aunque despacio, la lengua de lava de gente que llevan pintadas las caras de negro. Yo te mancho, tu me manchas y ¡Viva Mingo! Sin que cese la reyerta pertinaz y alcohólica.

La muchedumbre suspira por agua pero en el cielo dicen que no, que será la fiesta de Domingo y todo, pero "que no". Sólo las humedades del licor, la sangre y el sudor riegan la tierra seca. Los automóviles de la Cruz Roja marchan al paso, dispersos entre la serpiente multitud. En uno de ellos va, admirado y rendido, Miguel Anlló.

La prensa pregunta que "¿qué pasó mi amor?".

-Que ese vino y macheteó a mi novio.

La muchacha no disimula la excitación. La sangre de los varones corre en la tierra primero y luego, la del que venza, la del más fuerte, en la suya propia. ¡Viva Mingo! Grita frenética la multitud al compás del éxtasis, con la última gota salpicada, por el Santo y la tierra bendita.

Miguel, completamente fatigado, no puede dormir. Prefiere recostarse en la mecedora, bajo el palo de limón de los milagros. Resuenan en su cabeza los vítores dominicos, los cohetes, la música de las bandas. Al arrabal de su memoria llegan algunas miradas, voces, el recuerdo de algunos heridos. La multitud y la música van desapareciendo, se desvanecen. Un ruido sordo ocupa su lugar, es el motor del bote que navega río arriba, camino a LagunTara. Llueve. Llueve en Managua o tal vez en el río Coco. Si cesara el rumor podría oírse la música infinita de la selva. Blanca Clarisa baila en uno de esos bailaderos. Los hombres borrachos se soban el bulto del pantalón. Ella exagera sus movimientos. En cada vuelta prodigiosa enseña el nacimiento de las piernas, o algo peor; o mejor, según se mire. El comandante llega de la montaña, con la plata de los cuatro bancos, le hacen corro con admiración. Un borracho lo saluda. ¿Quién es ella? Pregunta el comandante. Apártenme a esa yegua. Ordena. Traen a un herido con una cornada. Lleva la cabeza colgando, como el soldado de Estelí. Debe de tener la misma edad. Yo te espero aquí, amorcito, mientras lo atiendes, dice Blanca Clarisa que se pone a bailar con el comandante. La muy puta.

Al día siguiente, Rigoberto preguntaba a Miguel sobre "la traída" mientras Lisette escucha desde la cocina. Veamos que dicen los periódicos. Más de ciento cincuenta heridos. No había habido muertos. Gracias a Dios, se dice para sus adentros Lisette, que piensa que en la traída hubo dos santos: Domingo y Miguel Anlló.

Habría que ir a recoger el equipo y algunos materiales que no habían sido utilizados, a las oficinas de la Cruz Roja.

-Yo iré, que debo ir a Migraciones. Queda ahí al lado –dice Rigoberto, que pregunta curioso: -¿Y también va ir usted a la llevada del Santo?

Y Miguel se queda dudando y no sabe qué decir pero está pensando que no, que bien había allí, en las Sierritas, un centro de salud y bien el Ministerio de Salud o la Alcaldía de Managua o quien fuera, podía instalar en él, un equipo de emergencia para atender adecuadamente a la gente. No, creo que no, pensaba. Una y no más, Santo Domingo.

-¿Conocía el doctor las Sierritas?

No podía creer la mujer de la derecha que el doctor hubiera estado en aquella fiesta horrible y peligrosa. No era un espectáculo muy edificante, afirmaba, toda aquella gente ignorante entregada al alcohol y a la violencia. No había podido la revolución, desgraciadamente, acabar con aquello a pesar de la cruzada de alfabetización y otros esfuerzos. Acabar con la ignorancia precisaba un esfuerzo más largo que, ya, la revolución no podría llevar a cabo.

Claro que sí. Claro que ella estuvo en la plaza cuando los muchachos entraron en Managua. Disparaban sus fusiles o sus lanzagranadas caseros al aire festivo. No cabía un alma en aquella Plaza, desde aquel día, de la Revolución. Ella estaba recién casada con su segundo marido y con él estrenaba aquel día marido y revolución. Las farolas abarrotadas de gente amenazaban con venirse abajo. En los sobresalientes de la ruina de la vieja catedral sostenía las banderas rojinegras los más osados.

Para Alfonso del Alamo. Atlántica 9: Blanca Clarisa (foto: copia de pintura de Roberto Barberena de la Rocha)

Para Alfonso del Alamo. Atlántica 9: Blanca Clarisa (foto: copia de pintura de Roberto Barberena de la Rocha)

            Blanca Clarisa dijo que sí, que había querido herirle en lo más hondo pero que…, por supuesto, que nunca jamás hubiera llegado al final, -!ni loca!-, que porqué no hablamos, que somos personas mayores, que todos cometemos errores en esta vida, que nadie es perfecto, que lo importante era corregirlos y avanzar, que la vida era un aprendizaje, que si él era perfecto acaso, que mi amor esto, que amorcito lo otro, que mentira, que no era así, no exactamente así, y si era así, qué importancia tenía, y que si la tuviera, acaso, si se atrevería él a tirar la primera piedra y Miguel pensó que mejor reconocerse como centro del problema, lo siento, no me encuentro bien, no es nada en particular, simplemente no quiero seguir, no estoy preparado, lo siento, mientras Blaca Clarisa despliega la maquinaria de la comprensión infinita, el apoyo incondicional, el cariño, el afecto, materno si quieres, y las caricias, una, una sólo y estás perdido, piensa él, se advierte a sí mismo y ¿qué hacer, como resistirse? Acabarás en la cama, de todas formas, puedes apostar, donde la pericia del amor se abrirá en su abanico más amplio y perfecto, pero una nueva trampa se habrá tejido, dulce, puedes perder el tiempo diciendo eso de que que ya lo hemos intentado y que no funciona, pero te dirán que eres negativo o aún cobarde, como quieres que funcione si dices mil veces que no va a funcionar, qué hora es, hasta las nueve ella tiene tiempo, todo el tiempo, y son, no llegan, las siete y media, hora y media, noventa minutos, cinco mil cuatrocientos segundos, Numancia, no mi amor, no te levantes, se vuelve a sentar ahora sobre tus piernas, cosquillas en el abdomen, ruge la máquina del amor en sus movimientos últimos, casi violentos, se escuchan ayes y gemidos, quizá por última vez, los de él miran al techo, los ojos de ella a los de él, en qué piensas, hubiera preguntado en otra ocasión, se levanta para ir al baño, ya van a ser las nueve y es domingo, ¿el domingo es el primero o el último de los días de la semana? Ella podría defender cualquiera de los dos argumentos, como el mejor abogado.

Atlántica 8: Bonanza

Atlántica 8: Bonanza  

            El alcalde de Bonanza, Teófilo Rivera, era “del Frente de toda la vida”. Hombre campechano, de trato familiar, ofrecía a la Organización, decía, toda la colaboración de la Alcaldía: terreno, madera, mano de obra, intermediación con la empresa minera para suministro eléctrico gratuito, apoyo en la gestión, expertos contables de la Alcaldía, la ayuda del juez para formular la reglamentación estatutaria.

            Le parecía muy bien lo de la junta plural y democrática que supervisara la administración de la farmacia. En la junta, claro estaba, deberían estar representadas las organizaciones locales más significativas -se apresuró a señalar algunas-, como el sindicato de mineros, la asociación de mujeres y la agrupación de campesinos. No le parecía adecuado, sin embargo, aclaraba el alcalde, que manejase la farmacia la Dirección Local de Salud, que tan mal administraba, a su entender, el hospital. En cualquier caso, afirmaba:

            -Estamos a la orden, doctor, por el bienestar del pueblo.

            Por otro lado, con sentimiento recíproco, el doctor Bermejo consideraba muy arriesgado poner la administración de la farmacia en manos de esta alcaldía de tan dudosa honestidad. A Bermejo le parecía que era mejor que estuviera en manos de la iglesia católica, por ejemplo, o de quien fuese, antes que en las del alcalde.

            El padre, que compartía con el doctor las dudas sobre el alcalde, estaba dispuesto a tomar la responsabilidad de la administración pero, el pastor de la iglesia morava haría lo posible, y lo imposible, porque el padre no administrara tal proyecto, ni otro que menguara su influncia, ensanchando la de aquel. El pastor, entre el alcalde y el padre, se queda con el alcalde.

            De modo que todo estaba bien enredado, aunque nadie lo hubiera dicho en aquella reunión del día siguiente, que tuvo lugar en la casa de la Alcaldía, donde todo el mundo estaba tan diplomático y cortés y todo eran ofrecimientos y muestras de compromiso. Todos prefirieron hablar de los problemas que podrían sobrevenir de la administración de los botiquines en las comunidades rurales que de lo tocante a la farmacia de Bonanza, que debería abastecerlos.

            Finalmente se alcanzaron algunos acuerdos concretos: La Organización, que promovía el proyecto, prepararía un borrador de estatuto para la farmacia; la alcaldía propondría varios terrenos a donar, para iniciar las obras; en el mes siguiente la Dirección de salud organizaría un taller con todos los promotores de las comunidades rurales para explicar el proyecto; y después del taller, la Dirección y la Organización presentarían el proyecto en cada una de las comunidades, para informar a los campesinos.

            En la tarde, en la casa de la Organización, Natalie y Miguel discuten sobre la redacción del estatuto y sus implicaciones. La Junta ejercería las funciones de supervisión y control de la farmacia. El problema era que si la junta elegía, finalmente, una organización encargada de la gestión diaria del negocio, ésta recaería, con toda probabilidad, en la Alcaldía. La mayoría de las organizaciones que compondrían la Junta eran filosandinistas, y al margen de lo que sus responsables pensaran sobre el alcalde, ante una votación de aquella naturaleza, cerrarían filas con la Alcaldía. Otra posibilidad podía ser, pensaban, encargar de la cotidiana gestión de la farmacia, con carácter permanente, a una organización determinada, cuyo mandato podría, en todo caso, ser revocado por la junta. Esta última era la solución que se había elegido en Waspam, pero sólo podía operar con un acuerdo amplio, casi unánime, de todos los miembros de la junta, lo que, precisamente, parecía imposible en Bonanza.

             Durante aquel fin de semana Natalie y Miguel siguieron hablando con unos y con otros y no pudieron sino confirmar el disenso. En todo caso, pensaba Miguel en voz alta, no iba a recaer la farmacia en las manos de este señor particular, Teófilo Rivera, sino de la institución: la Alcaldía de Bonanza, democráticamente elegida. En realidad no había ninguna otra organización con carácter más representativo en el municipio, de modo que, sobre el papel, teóricamente, era la más idónea para gestionar ese, en gestación, negocio público, sin afán de lucro, que sería la farmacia de Bonanza.

            Miguel defendía estos y otros argumentos, todos lógicos, pero no por ello dejaba de compartir los temores de Nathalie. Aquella farmacia podía terminar siendo un negocio privado del señor alcalde o de algún allegado y su estatuto en el cubo de la basura y en el rescoldo de alguna memoria contrariada. ¿Recuerda usted cuando vinieron aquellos cheles con tantas buenas intenciones y tanta democracia y ...? 

            En aquella noche, Miguel se levantó con el coro de la gallera, sin necesitar despertador.

            Llovía.

Atlántica 7: El profesor Montenegro

En los días siguientes Miguel fue tomando el pulso a la capital. En ocasiones acompañaba a Rigoberto a hacer algún trámite. Poco a poco iba aprendiendo a distinguir todas aquellas avenidas adoquinadas que parecían tan iguales. A ellas afluían las calles perpendiculares sin asfaltar, que se adentraban en los barrios populares.

Las lagunas que salpican la ciudad aparecen y desaparecen, ante los ojos de Miguel, como en un juego de magia.

-Esta es… Tiscapa

-No, Nejapa

Iba, el neófito, aprendiendo a tomar referencias. De la fábrica de leche Nestlé, dos cuadras al este y veinte varas al norte. Del semáforo de repuestos La Quince, tres al lago.

 Miguel tuvo que hacer numerosas visitas, en su calidad de representante de la Organización. Ministerios y embajadas, la oficina de la Unión Europea o la Organización Panamericana de la Salud, organizaciones internacionales de ayuda humanitaria que trabajaban en salud y organizaciones locales. Departía con unos y con otros, tornándose más complejo, a sus ojos, el país que desvelaba, como un caleidoscopio, visto desde aquí y desde allá, todas sus caras, sus disputas, su herencia y su carácter.

            Lisette y Rigoberto se iban, habitualmente, sobre las cinco de la tarde. Entonces, la oficina se convertía en casa. Miguel solía usar el jardín interior, para leer o descansar en la mecedora, bajo el limonero prodigioso. Pero muchos días trabajaba, también, en la tarde, aprovechando la calma. El perro Estrella, a esas horas, solía acompañarlo, antes de iniciar su periplo nocturno.  

En las mañanas llegaba Rigoberto y la casa se convertía, entonces, de nuevo, en oficina. No tardaron, el español y el nica, en acoplarse en el trabajo, de forma tal que, entre ambos, salvo en algunas funciones particulares de cada cual, lo mismo, el uno que el otro, se aplicaban a labores de administración que de secretaría, transporte, logística, intendencia, relaciones públicas, comunicaciones o lo que viniera a ser menester.

            El Chepe Toño venía un par de veces a la semana, a dar mantenimiento a jardines y vehículos. Tenía el Chepe veintidós y había hecho el servicio militar en el Ejército Popular Sandinista, en los años de la guerra. Le tocó andar en lo más duro –tenía a orgullo contar-, en la Costa Atlántica, protegiendo las obras del tendido telefónico que la revolución acercó hasta la mera Puerto Cabezas. Era el menor de siete hermanos antes de la guerra y de seis después. Vivía el Chepe a tres horas, entre caminar y en bus, de la casa de la Organización.

            -¿Cuándo va a venir el doctor hasta allá, para que conozca? –invitaba cordialmente el Chepe.

            En aquella tarde, Miguel había terminado la propuesta. Estaba lista para ser enviada a París. Bueno, esto hay que celebrarlo. Miguel abre la puerta de la verja. Estrella sale volando, trota en la calle, corretea aquí o allá. Aquel perro noctámbulo disfrutaba tanto la calle de noche como el reposo diurno a la sombra de la casa. ¿No se suponía que debiera ser al revés?

            Entre lavavjillas, bananos, plátano maduro, papas, tomates, arroz, pastas, papel higiénico, cervezas, refrescos, cigarrillos, atiende Marlene, una morena de  Bluefields, alta y hermosa, que camina con parsimonia al otro lado de la verja. Por el ventanuco transa las mercancías y los billetes. Cuando nadie pide, se sienta en la mecedora, a quitarse el calor con un abanico chino y en cada vaivén, su cuerpo maduro, viene y va, viene y va.

            El vidrio de los ojos de los bebedores de cerveza examinan el movimiento deliberado, casi hipnótico, desde el exterior, donde hay un par de mesas y unas sillas. Pero esta tarde todo está muy tranquilo, sólo hay un hombre sentado, que bebe una cerveza.

            Miguel pide una Victoria que Marlene limpia con un trapo, cuidadosamente. Tanto, amor, le dice, y recoge el billete. Se va a por los cambios, caminando lentament. Al volver repasa a Miguel de un vistazo, de la cabeza a los pies.

            Miguel se sienta, procurando un buen ángulo. 

            El hombre sólo que bebe cerveza resulta ser Cesar José Montenegro, profesor de Filosofía de la Universidad Nacional, licenciado en Barcelona, sí señor, como estaba oyendo, de eso hacía, ya, unos veinticinco años. Conocía Zaragoza, claro que sí, el agujero en la piedra de la Virgen del Pilar, labrado beso tras beso. Claro que aquellos fueron los años sesenta, aquella, otra España. Luego había conseguido una beca para hacer un postgrado en Alemania. También había vivido en Inglaterra, en Italia y en Francia, aunque periodos más cortos. De Alemania se volvió para acá, cuando el triunfo del Frente. ¡Imagínese! El triunfo de este paisito tan chico era, a la vez, el triunfo de toda la América Latina y del mundo entero, de la izquierda mundial. Casi corriendo, se había venido el profesor, suspirando por llegar a Managua, no pudiendo creer que el piloto anunciara la llegada al aeropuerto internacional “Cesar Augusto Sandino".

            El profesor Montenegro era hombre de formidable memoria. Recordaba la geografía catalana perfectamente y era capaz de hablar cinco idiomas, uno de ellos, el catalán. Y eso que el profesor lo había aprendido cuando el uso de aquel idioma estaba prohibido.

            El profesor estaba separado y tenía una hija que no vivía con él, sino con su madre. Con él vivía su hermana, que también estaba separada y los dos hijos de ella y otra niña adolescente que habían recogido cuando era pequeña, y la señora que hacía la comida, que era como de la familia. Vivían allí no más, a  cuatro cuadras, donde a partir de ahora tenía el doctor su casa.

            -Hágame el honor, doctor, tomaremos allí la última cerveza.

Para Pilar Alcalde. Atlántica 6: Los sucesos de Estelí

Para Pilar Alcalde. Atlántica 6: Los sucesos de Estelí

Las emisoras, libres de la monotonía democrática, emiten los acontecimientos en tono de parte de guerra, desde sus más nimios detalles.

¿Era el EPS -¡Ejército Popular Sandinista!-, el ejército de los sandinistas o del país entero? Si las armas estaban, aún, en manos de los sandinistas ¿en qué manos estaba la democracia? ¿Qué democracia de a verga era esta?

Mirada atenta de los Estados Unidos. El paquete crediticio pendiente de aprobación, condicionado al avance democrático.

Mi general, comprenda usted que no puede seguir en el cargo si aparece incapaz, ante la opinión pública, de poner coto a estos desmanes. ¿Quién es el pendejo que manda a esos hombres? No es tan pendejo, acaba de vaciar las cajas de los cuatro bancos de la ciudad.

El jefe recompa da una entrevista en el mero centro de la ciudad, en la “esquina de los bancos”. Reclama algo al nuevo gobierno, “gobierno de ladrones, vendido a los gringos”. La gente espera en la calle, a ver que pasa, aunque cerca de la casa de uno o de la de un amigo, para refugiarse cuando empieze la balacera.

            -¿Cómo terminará esto don Lucio?.

            La periodista es hermosa y a don Lucio le gustaría tener cuarenta años menos.

            -Quiera Dios que en paz.

            -¿Usted cree que los sacará el EPS, que se matarán entre hermanos?

            -Todos somos hermanos -dice don Lucio.

            -¿Y el obispo, qué dice el obispo? ¿Usted cree que mediará el obispo? ¿O el cardenal?

            -Yo no sé -dice don Lucio.

            Al día siguiente, la ciudad registraba una intensa actividad. La gente disputaba la calle a los vehículos, para un echar un vistazo en los tenderetes, comprar algo, ir a hacer un mandado.

Miguel, de no saberlo, hubiera jurado que no había sido allí, donde hacía, apaenas, veinticuatro horas, se habían dejado la vida unos cincuenta recompas y un puñado de soldados. Sí, allí mismo, en la esquina de los bancos, en el parque.

Aquel muchacho no tendría dieciséis años, recordaba Miguel, el de la televisión, aquel que yacía con el cuerpo retorcido, sobre la acera, la cabeza colgando sobre la alcantarilla.

            -No señor -contestaba don Lucio amablemente, y añadía:

            -Esta casa que usted ve, fue acribillada por la Guardia Nacional, hace ya unos años, cuando la guerra del sandinismo contra la dictadura. Así quiso el Frente que quedara: tal cual; en honor y recuerdo a los muchachos que combatieron a Somoza.

            Pero, si querían los doctores, podían ver allá, en la esquina de los bancos, las señales del tiroteo de ayer.

            -Vengan, yo los acompaño –dice, solícito, don Lucio.

            No le había temblado la mano al Ejército, pensaba don Lucio. Eran otros los muchachos pero eran los mismos. Los muertos, quiero decir. Los muchachos combatieron a Somoza. Los muchachos combatieron a la Contra. Los muchachos tomaron Estelí. Muchachos que combatieron a Somoza y a la Contra mataron a los muchachos que tomaron Estelí. Eran otros pero los mismos muchachos. ¿Porqué no fue el obispo a mediar, o el cardenal?  Había cumplido el ejército a satisfacción con su función esencial: matar –¡hijueputa!-, matar. El ejército, hasta aquel día popular sandinista, era, desde entonces, nacional nicaragüense. En otras palabras: capaz de matar a cualquiera. Que calle el gringo. Que vea, pues, que ya no es izquierdista ni sandinista, este ejército, sino matachín y democrático. Afloje la plata el gringo.

              -¿Iba a venir el Papa, ahorita, a hacer algún regaño?

             También el hospital había sido baleado. Un grupo de recompas se había atrincherado allí, explica el director, que agradece la visita de los doctores y confiesa:

            -Sí señor. Algo de miedo sí que pasamos, no les voy a mentir.

           Cualquier ayuda que puediran hacer llegar los doctores iba a ser muy bien recibida, -!claro!-, medicamentos, material hospitalario... El servicio, como se comprendía, había estado muy exigido y ustedes saben que siempre trabajamos con una tremenda escasez.

            El hospital, huérfano de cualquier trabajo de mantenimiento, no estaba en mejores condiciones que sus hermanos de la Costa Atlántica, que ya Miguel conocía. Pero, a diferencia de aquellos, éste estaba perfectamente rodeado de toda clase de clínicas y negocios de medicina privada, como le indicó a Miguel su compañero de viaje: el doctor Germán López, coordinador de la organización, con sede en Bruselas, “Salud Global”.

             Cuarenta muertos no habían alterado un ápice el trajín diaro de la ciudad -meditaba Miguel en el viaje de vuelta-, que se había levantado, al día siguiente, como si tal cosa, como si, después de un día festivo, sobrellevara, con algún dolor de cabeza, la resaca de una mala borrachera. Todos había vuelto a su trabajo salvo, quizás, algún joven de Estelí que debió haber pertenecido a aquella desgraciada tropa.

            -No para todos desgraciada, rectificaba Germán. Para algunos había sido la tropa de la fortuna, como para el jefe, que había escapado a la montaña con la plata de los bancos.

            Y la memoria de los cuarenta muertos, balbucea Miguel. Pero a veces la plata dura mas que la memoria.

Atlántica 5: Donde la Doñita.

Atlántica 5: Donde la Doñita.

En el filo del barranco regenta un negocio la Doñita. El diminutivo pertenece, sin ambargo, a una negra monumental que pasa del metro noventa y de las doscientas cincuenta libras. La tal Doñita arrastra las chanclas al andar y espanta los zancudos con un trapo para todo, que lleva colgado en el hombro. Mucho gusto, doctor, dice, sin saber, ni importarle, si el recién llegado tiene o no tal condición. Llamar a la gente de doctor o de ingeniero, y en todo caso no menos de licenciado, es bueno para el negocio, y si de un uniformado se trata, aunque sea un soldadito bisoño, de comandante.

Ahí, donde la Doñita, a menudo se dan cita, con los habituales del lugar, gentes de distintas nacionalidades o naturales del Pacífico que andan trabajando en los distintos proyectos de la región. Era aquella una zona especialmente deprimida del país, por lo que a menudo resultaba ser beneficiaria de distintos proyectos de la cooperación internacional o de la ayuda humanitaria.

Los misquitos gustan de mezclarse con los extranjeros, quizá más que con sus compatriotas del Pacífico para los que guardan un recelo histórico. Ellos suelen dividir, en su particular etnografía, el mundo en tres pedazos: el de los extranjeros, normalmente blancos, cheles; el de los nicaragüenses del Pacífico o españoles; y el mundo de la Costa, por antonomasia la Atlántica, que comparten con otras tribus, especialmente con los indios sumos, con los que los misquitos juegan un rol de dominadores de la misma forma que, con sus paisanos del Pacífico, de dominados.

Casi a la par que los tres voluntarios de la Organización entraban, al negocio de la Doñita, dos hombres más, que saludaban cordialmente a las enfermeras francesas. Se sentaron, finalmente, todos juntos, en el balcón que daba a la cuenca del río, todavía encarnada por el atardecer.

El chileno Humberto Castro y el uruguayo Marcelo Bratti trabajan en Propaz, una organización creada “ad hoc” por las Naciones Unidas para cooperar con la política de reconstrucción y de reconciliación nacional del nuevo gobierno. Propaz se dedicaba a adelantar proyectos, aclaraba el uruguayo, que pudieran facilitar la reinserción social de los desmovilizados del, reducido después de la guerra, ejército popular sandinista, EPS, y de la guerrilla contra-revolucionaria, la contra. Trabajaban en labores de intermediación con los grupos todavía alzados en armas o rearmados, fueran sandinistas o de la contra, cuando así lo solicitaba el gobierno de la República. En el río Coco, Propaz desarrollaba algún pequeño proyecto agropecuario.

Cuando el chileno Humberto Castro propuso cambiar el rumbo de la conversación, que derivaba por vericuetos más bien técnicos, para dar la bienvenida al doctor, entrechocando las botellas ambarinas de la cerveza Victoria, como si el resto de la ciudad quisiera sumarse a la celebración, se produjo una súbita algarabía de gritos y vítores.

 ¿Qué ocurre, qué es esto?

Saludaba la gente, alborozada, la llegada de la luz eléctrica, en aquella ocasión, después de una ausencia de más de quince días. Al parecer, explicaba Marie, la alcaldía se había quedado sin plata para comprar el combustible de la planta electrógena municipal. Pero a nadie ya le importaba aquello. Había luz y el día se prolongaba en la noche.

El doctor trajo la luz, vea Doñita, bromeaba Humberto y añadía:

-Pónganos otras, bien heladitas, para celebrarlo.

Así que brindaron de nuevo, ahora por la luz y siguieron conversando, de Nicaragua y la Costa, de la paz, tan frágil, de Picasso, que vino al pelo de la conversación, de España, de Chile, de Francia y del Uruguay, de la Lombardia, de Santiago, de la Bretaña, de Punta del Este, de Valparaíso, de Aragón, de los barrios de Montevideo donde se baila el Candombé, de Serrat, de Violeta Parra, de los maquis, de los montoneros, del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, de la Resistence, de la revolución popular sandinista, de los gringos, de Cuba, de Fidel, que no era pariente de Humberto Castro que ya tenía hambre, -¿ustedes no?-, del sandwich chacarero, de la sopa de cebolla francesa o de ajo, española, de remedios para espantar a los zancudos cuyo momento predilecto para mortificar los tobillos de los hombres era el atardecer -dicen que el jugo de piña ¿será cierto?-, comprobando, en fín, que cualquiera que sea la cultura de los hombres siempre hay más cosas que unen de las que separan, si se toma uno el tiempo en buscarlas.