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EL VIAJERO

Atlántica

Atlántica 4: El Wonki

Atlántica 4: El Wonki En la tarde, los tres voluntarios fueron a cumplir visita con las autoridades. El jefe de la Dirección Regional de Salud era un negro bien parecido, que llevaba fama de mujeriego. Hizo sentarse a los extranjeros en su despacho y tomarse un café fuertemente azucarado.
Agradecía mucho el doctor Edwars, que así se llamaba el director regional, en nombre de la Región -decía- tan necesitada, la cooperación que brindaba la Organización, y se congratulaba de la llegada del doctor -¿Como era que dijo..? ¿Anlló?-, que hablaba tan bien español.
-Mejor dicho: ¡Perfectamente! ¡Ah! ¿Es que el doctor es español? Pensé que el doctor era francés.
Y añadía, ceremonioso:
-Es un placer, doctor, bienvenido. Lo que necesite... Quedamos a la orden.
De la Dirección Regional de Salud fueron, los tres voluntarios, al Hospital Regional, donde la directora, doctora Olga Cuningham, les dijo agradecer en mucho la visita y les mostró las instalaciones aquellas que estaban "enteritas para tirar a la basura". Iba a ver el doctor.
Sí, había un proyecto -decía- para construir un hospital nuevo, que tanta falta hacía, pero quien sabía cuándo, si acaso sucedía, se iría a ejecutar.
-Vea usted –señalaba- el hacinamiento del servicio de urgencias. Esta parte la tuvimos que cerrar, era destinada a infecciosos. Allá están los rayos y aquí –indicaba- el laboratorio. Si quería el doctor se podía vestir para entrar a ver el quirófano –añadía, solícita.
El Hospital contaba con seis médicos especialistas, explicaba la doctora Cuningham, uno es de aquí, misquito, sí señor, y los otros cinco cubanos. Habían venido cuando la revolución y ahora estaban financiados por un programa de Naciones Unidas.
-No me pregunte qué vamos a hacer el día que se vayan -advertía.
Claro que había más médicos misquitos –contestaba a la pregunta de Miguel- pero estaban en Managua. Cuando iban a estudiar la especialidad se amañaban a la capital y ya no volvían, los muy granujas. Sólo uno regresó -contaba bajando la voz, secreteando-, el que tenemos aquí, que, entre nosotros, está un poco chiflado.
Tenía uno que estar bien enfermo –pensaba Miguel- para ir a buscar ayuda a aquel sitio sucio y maloliente. Aquella tabla probablemente nunca fue sustituida ni aquella placa de zinc repintada, ni aquel colchón protegido. Cuando la decrepitud en un espacio era completa se cerraba el área, como había ocurrido con las salas de infecciosos, y se continuaba trabajando en el resto del edificio. El servicio de urgencias desprendía un fuerte olor a orines.
Kristell le advirtió a Miguel que aún tenía que ver el hospitalito de Waspam.

Regresaban a casa, tras las visitas, los tres blancos, caminando las calles por tramos polvorientas o embarradas, tratando de adivinar los mejores pasillos.

En la taberna de enfrente de la casa de la Organización suena un regae que compite -a ver quién puede más-, con el volumen del diálogo de la película. La muchacha que atiende mira la tele con sus ojos grandes donde, desde la ventana de un apartamento de Manhattan otra muchacha, esta vez rubia, sofisticada, mira las luces de la ciudad.

Y en la mañana del nuevo día, el equipo viaja por el camino que lleva de Puerto Cabezas a Waspam. Conduce el vehículo un misquito que tiene, contra la costumbre, el apellido español. Es que mi abuelo era español, aclara Denis Sánchez. Y ahora se vienen a enterar de aquello Kristell y Marie, ya que el misquito se prodiga muy poco en la conversación, sea en español o en su propia lengua.
Le llaman Los llanos a esta comarca que separa la capital de la región de Waspam: el núcleo urbano principal de la vertiente nicaragüense del río Coco. Es una estepa de pinos y maraña de monte bajo, poblada por venados. Junto a la carretera puede verse algún terreno dedicado a pastizal.
Viene a costar unas tres horas, en época seca, llegar hasta Waspam, desde la capital porteña.
Denis conduce con pericia, metiendo las ruedas por el lugar menos hondo de los charcos, que conoce de memoria, con el fin de castigar lo menos posible al vehículo y a sus pasajeros. Maneja más bien rápido y toma las curvas, muchas veces, por el centro o por la izquierda, lo que sorprende a Miguel hasta que se entera de que la enorme polvareda que levantan los vehículos que vienen de frente, advierten, antes de verlos, de su presencia. Se percata de ello y del color del cabello de todos los pasajeros, blanco, como el de cejas y pestañas, como si aquel viaje estuviera durando una eternidad.
¿Pero dónde está la selva? Se pregunta Miguel, sorprendido por aquel territorio que podría ser mediterráneo, que no distaba tanto de algunos que podría encontrar en su mismo pueblo, si no fuera por algo que aún no había conseguido identificar, algo distinto que tiene delante de las narices y que por tan evidente no puede ver.
Pasan por Krukira Tara y Denis dice “tornado” y señala con un gesto de la cabeza a la derecha. Y allí estaba, nítido, el pasillo de destrucción a ambos lados del cual las casas permanecían intactas. Era como si Dios se hubiera ensañado sólo con aquellos pobres que por alguna razón, o sin ella, habían plantado la casa allí, en el lugar equivocado. Aquella lotería divina o del azar, de la física o del caos, había destruido sin paliativos una parte de la aldea sin afectar un ápice al resto de la comunidad.
Vadearon el río Bismuna con el agua en la tripa del carro, dibujando una curva para pasar por donde menos cubre. Atravesaron alguna comunidad más, de casas de madera sobre pilastras, tejados de zinc o de palma y llegaron al puente del Warkarlaya.
Allá toca parar y pagar algunos pesos a un grupito de aldeanos que, sosteniendo algunos avíos, fingen realizar labores de mantenimiento de la calzada. Unos metros más allá, convenientemente separado del grupo, pero suficientemente visible, se pasea otro paisano, exhibiendo un kalashnikov.
Bajando el pequeño puerto se adivinan, entre los matorrales, las primeras casas de Waspam.
La casa de la Organización es toda de madera. Está rodeada por un patio vallado donde juega un venado. Adentro hay algunos árboles, bananos, dos letrinas y un pozo, y una pequeña caseta donde se guarda el grupo electrógeno. Desde el corredor, que se extiende a lo largo de la fachada de la casa, se ve la calle principal, por la que pasea la gente cuando cede el sol.
Doña María tiende la ropa con sus manos negras, grandes y suaves. Interrumpe su trabajo para ir a saludar a los recién llegados. Mucho gusto, saluda a Miguel, la Doña, como todos la llaman cariñosamente.
Doña María Swartz es alta y delgada, tiene el ademán elegante y los ojos grandes que revelan que debió de ser muy hermosa cuándo joven. Se va, la doña, a añadir el hielo al fresco de mango que tiene preparado para los viajeros que están sedientos, que van a descargar el equipaje y a lavarse y a quitarse un poco el polvo acumulado en el camino, antes de sentarse a la mesa.
Todos comen y ponderan la comida de la Doña, que es pollo encebollado, guarnecido con frijoles y arroz, ensalada y tajadas de plátano fritas.
Al caer la tarde, los tres voluntarios van a dar un paseo hasta el río.
Pequeños negocios flanquean la calle principal. Tiendas donde puede comprarse algunas latas de comida, cigarrillos, refrescos, cervezas, pilas, papel higiénico, chucherías, pinzas para colgar ropa, botas de agua, mecate, huevos, plátanos y, hasta a veces, pan. A la derecha queda la alcaldía y a la izquierda la escuela pública, las dos pintadas del celeste de la bandera nacional. Más adelante los últimos mercaderes recogen sus tenderetes de carnes y frutas, frente al único hotel de la ciudad. Entre el mercado y el río, varias tabernas confunden sus músicas en la calle.
La avenida muere en el lomo del barranco que separa la ciudad del río, poniéndola a salvo de las inundaciones, de las temidas “llenas”. Un pórtico de cemento sirve como almacén para las mercancías desembarcadas o a embarcar. Desde allí, una escalera desciende algunos metros en dirección al río.
¡Allá estaba el Wonki! Como ellos lo llaman, tan simplemente: “el río”; ante los ojos emocionados de Miguel.
El Wonki o río Coco se reconoce como frontera natural entre Nicaragua y Honduras pero sus seculares habitantes, los misquitos, no entienden de esas divisiones políticas. No les vengan con la “carta de adhesión de la Mosquitia a la República de Nicaragua” de don José Santos Zelaya u otras componendas políticas de Managua y Tegucigalpa. Para ellos, el Wonki es el alma que liga las comunidades de la región sin importar si están a un lado o al otro del cauce; el padre protector o punitivo, el escenario del amor y de la guerra, el lugar donde descansa la voz de los antepasados, la sonrisa de Mai-Sahana y Yapti-Misrri, padres, en la leyenda, de las tribus misquitas y sumas.
Si te lavas la cara en sus aguas, volverás a él, inevitablemente, le advierte Marie a Miguel.
Viene bajando, desde el poniente, el río serpiente rojo hasta los pies de la ciudad. Los más hermosos árboles escoltan sus márgenes, como soldados o vírgenes, para verlo pasar o inclinarse hasta él, en señal de respeto.
En el lado hondureño se distingue una pequeña casa. Es un negocio del ejército de aquel país que hace veces de tienda y taberna. Un bote está listo para cruzar el río y recoger a los clientes, a una señal. A este lado, un niño pilota un cayuco en el agua mansa, con la ayuda de una pértiga. En la orilla una mujer, con el agua a la cintura, golpea la colada contra la roca.
Dos mujeres y un hombre blancos bajan por el barranco, se acercan a la orilla.
En un despiste del hombre, embelesado con el atardecer encarnado, las dos mujeres le lavan la cara con agua del río.
-Ahora, tu corazón y el del río están unidos para siempre, dicen ellas, Kristell y Marie, casi al unísono.

Atlántica 3: Puerto Cabezas

Atlántica 3: Puerto Cabezas Aquel día, Miguel Anlló voló, por primera vez, a Puerto Cabezas. Y por primera vez le preguntaron:
- ¿Quisiera, el doctor, viajar al lado del piloto?
Aquella avioneta tan chica, sería de unas ocho plazas, le hacía gracia a Miguel. No le daba miedo. Tenía la sensación de que, en caso de emergencia, podría tomar tierra en cualquier sitio.
Cambió de opinión un poco más tarde, cuando abandonaron el Pacífico y sobrevolaron el pelaje de la selva, prieto como el de un negro, donde apenas se observaba algún resquicio labrado por un sendero.
Sólo de tanto en tanto, el mar vegetal era interrumpido por pequeñas aldeas rodeadas de terrenos deforestados.
Las columnas de humo anuncian el advenimiento de las lluvias.
Se repitirá, incesante, el ritual. Quemar un pedazo de la entraña de la selva, limpiarlo, después, a machete, hoyar el suelo y aguardar las primeras lluvias para sembrar, el vientre de la tierra nueva. Maíz, arroz, frijoles, yuca o papa.
-¡No! Claro que no. El trópico no era un paraíso lleno de frutos. Era muy duro pelearle un pedazo de suelo a la selva.
La cosecha justo dará para alimentar a la familia y guardar para la semilla. Y con suerte, algo quedará para el trueque o para vender y comprar algunas medicinas, ropas, clavos, baterías, una gallina o un chancho.
Si diera para una radio… O una guitarra. Después de la caída del sol, no hay mucho que hacer en la selva. Tañer, por ejemplo, la guitarra. ¿El doctor no sabe tocar la guitarra? ¿Habían españoles que no sabían tocar la guitarra?
El piloto es un hombre apacible. Gusta de dar explicaciones.
-No vaya usted a creer, doctor. Este área es espesa pero hay mucha superficie despalada. Los campesinos, poquito a poco, y las concesiones de explotación maderera, a grandes bocados, se van comiendo la selva.

El río se rompe cien veces en el delta, dibuja mosaicos en el suelo. Vierte, sus aguas dulces, en la enagua del Caribe.

Marie y Kristell esperan en el aeropuerto de Puerto Cabezas. Hacen conjeturas. Había dicho Rigoberto que tiene treinta y tres, uno más, pues, que Marie y seis más que Kristell. Sería alto o bajo, gordo o delgado, tal vez fuera guapo. Sería simpático o de mal genio. Tendría el pelo oscuro porque es español y lo ojos marrones. O tal vez verdes.
Después de que todos los viajeros desalojaran el avión, Miguel salió por la portezuela.
-Doctor Miguel, supongo -bromeó Marie, con acento francés.
El aeropuerto tiene un galpón de madera techado de zinc. Está cerrado pero su porche sirve, sin embargo, para proteger a los viajeros del sol. Enfrente, hay un pequeño tinglado donde se puede tomar un café o comer algo. Al otro lado luce, deshabitada, la torre de control.
Que qué le parecía el aeropuerto a Miguel, preguntaba Kristell divertida, viendo al hombre observar con tanta atención las rudimentarias instalaciones.
Un policía misquito se acerca para hablar con Miguel. Quiere saber qué viene a hacer el doctor a la Región, si trae alguna carta de presentación o autorización. Que de todas formas –dice- tiene que pasar, el doctor, por la estación de policía y reportar su entrada en la Región Autónoma del Atlántico Norte.
Son cosas del gobierno regional. Como la región es autónoma...
La única calle pavimentada de toda la región se estira larga del aeropuerto al puerto marítimo, cuyas estructuras, numerosas y caducas, dejan presumir la floreciente actividad que tuvo la ciudad en el pasado.
En ella se ubica la casa de la gobernación, el parque, la estación de policía, dos barberías, una enfrente de la otra, como en un espejo, alguna pequeña tienda, un restaurante modesto, una iglesia católica, una iglesia morava, una iglesia evangélica.
Viejos taxis patrullan la avenida gambeteando para tomar los baches al través.
Constata Miguel la fisonomía de los misquitos, etnia dominante en el área que se extiende de Puerto Cabezas hasta el río Coco. Están más cerca, estos hombres, del negro afro-caribeño que del indio mesoamericano. Al parecer fue el carácter de la raza misquita, exogámico, el que vino a determinarla, por mestizaje abierto y fecundo entre indios, fundamentalmente sumos, negros de las antillas y blancos que pirateaban o comerciaban en la región. Había leído Miguel aquella teoría de que los negros huídos o liberados de las Antillas se había mezclado con las indígenas sumas generando una nueva raza que desplazaría a los primitivos indios a la tierra adentro.
Eran pues estos “indios” misquitos -curiosamente abanderados del indígenismo atlántico en pugna contra el colonialismo cultural del pacífico-, mas que indígenas propiamente dichos, un ejemplo de la absorción y desaparición, por ende, debida al mestizaje, de los pueblos autóctonos.
Las casas de la ciudad se levantan sobre zancos que las preservan de las lluvias torrenciales, construidas en madera, con tejado de zinc o, rara vez, de hoja de palma. Suelen tener un porche, que da a la calle, donde uno puede sentarse o tumbarse en una hamaca para ver quien pasa, cambiar un saludo, unas palabras. A menudo, tienen también un patio o jardín trasero, donde puede crecer un mango, un palo de naranja agria, o unas bananeras.
Las casas de más porte, lucen en el porche sus adornos de marquetería, de sabor colonial anglosajón.
Música romántica, traída del pacífico, llega a la calle desde las rockomolas de las tabernas que acogen a los más tempranos clientes.
Un lugareño pedalea bajo el sol inclemente, tan despacio, tan despacio que pareciera no querer llegar, en verdad, a ninguna parte.

Atlántica 2: San Dino

Atlántica 2: San Dino Miguel Anlló camina, detrás de Rigoberto, en el pasillo abierto entre la gente que se amontona para identificar a sus familiares. Mira una y otra vez a las maletas. Se echa mano al bolsillo del pantalón para verificar que está en su sitio la cartera y ojea el de la camisa, para asegurarse de que allí sigue el pasaporte.
Y es que todo aquel alboroto desconocido se le antoja algo inseguro. Una vez en la furgoneta, sin embargo, se siente cómodo, feliz.
¡Por fin! !Estaba en América!
Rigoberto Ramírez pregunta por el viaje. Si estaba, el doctor, muy cansado; si había estado otras veces en América; si quería que fueran a la casa por el sitio más corto o prefería que dieran una vuelta, para echar un vistazo a la ciudad.
-Me parece muy buena idea, Rigoberto, demos la vuelta.
Toman por la carretera panamericana hacia el centro.
Miguel observa el cielo azul y el tráfico desordenado, las gigantescas alcantarillas que corren, abiertas, paralelas a las principales avenidas; algún hotel de lujo entre las casas construidas con extraordinaria economía de materiales.
La mayoría de los vehículos exhiben tal estado de decrepitud que, en ocasiones, parece un milagro verlos circular. Algunas camionetas van amuebladas con travesaños de madera que las acondiciona para el transporte de pasajeros. Casi siempre van abarrotadas, con gente colgando de puertas y estribos.
Esto que ve usted a la izquierda es el Mercado Oriental, dice Rigoberto. El mercado gigante, se extiende durante cuadras y cuadras, como una ciudad dentro de la Ciudad. Es bastante inseguro, advierte el guía.
El antiguo centro de la ciudad está aún poblado por las ruinas moribundas del terremoto de Managua. Llevan entonces -calcula el recién llegado-, aquellos cadáveres de edificio, alrededor de veinte años esperando un milagro de resurrección o una mano piadosa que venga a darles definitiva sepultura.
Explica Rigoberto que “dicen” –no sabe Miguel si utilizando la tercera persona por cautela, debida al desconocimiento de la opinión política del recién llegado, o por real incertidumbre- que toda la plata que vino después del terremoto, de la solidaridad internacional, se la robó Somoza.
-Y así quedó esto. Y eso -añade-, que el gobierno del Frente Sandinista vino a retirar los cascotes de todo lo que tiene usted a la vista. Si no, esto fuera, todavía, una gigantesca escombrera.
El centro de Managua parece un parque apocalíptico.
En una de las ruinas cuelga la ropa, puesta a secar, de la cadena de un cartel que dice: “Peligro, prohibido el paso”. Un niño descalzo baja corriendo por la arruinada escalera.
Entre los edificios fantasmas destaca la antigua catedral, aunque maltrecha, todavía hermosa.
En la misma plaza, junto a la catedral, permanece en pié la Asamblea Nacional. La vista del edificio neoclásico conduce la memoria de Miguel a la toma del palacio, a aquellas imágenes que dieron la vuelta al mundo. El comandante Cero abandonando el palacio -!misión cumplida!-, con un racimo de granadas "poco profesionalmente" colgadas al hombro, había escuchado decir Miguel, tiempo atrás, a un militar español.
-Pero así era la guerrilla, poco profesional. ¿No cree usted, mi capitán?
Junto a la Plaza, llamada ahora de la Revolución, permanece intacto y ostentoso, escoltado de ruinas y niños mendigos, el teatro nacional Ruben Darío.
Algún perro flaco y sarnoso espera a distancia prudente de un negocio de comidas, de los varios que se levantan en el bulevar del lago Xolotlán.
Del lago a la montaña, la avenida pasa junto a esa estatua que a Miguel le parece horrible. Entre un estilo abstracto y realista-soviético, un hombre-monstruo levanta al cielo un fusil kalashnikov. En nada viene a emparentar -piensa el recién llegado-, aquel símbolo de la fuerza bruta con los muchachos humildes -!y flacos!-, que habían derribado la dictadura.
Sólo los obreros y campesinos irán hasta el final, dice Rigoberto que dice aquel letrero al pié de la estatua. Una frase de Sandino que Miguel hubiera adjudicado al mismísimo Lenin.
Arriba, en la montaña, sobre los Altos de Tiscapa, se vuelve a encontrar Miguel con el General, cuya silueta negra y elegante parece emerger entre lagos y volcanes para amparar a toda la ciudad.
Como si fuera un santo, piensa.
Como si fuera San Dino.
Rigoberto da la vuelta para pasar, de nuevo, por los Altos, en la dirección opuesta. Y Miguel queda estremecido por aquella vista, tan hermosa, ante el telón del lago Xolotlán y los volcanes Momotombo y Momotombito.
-Sí doctor -dice Rigoberto, orgulloso, al advertir la expresión de admiración de Miguel-, Managua era reputada, antes del terremoto, como la más bella de las capitales centroamericanas.
Qué ciudad curiosa era aquella, a los ojos del extraño, que con más de un millón de habitantes permanecía casi oculta, como una jovencita tímida que no quisiera dejarse ver, escondidas sus casas entre la verdura...
El terremoto destruyó buena parte del centro, explica Rigoberto, y luego se construyó en este modo: con materiales livianos y en una sola altura.
Media docena de edificios altos, sobrevivientes al sismo, despuntan entre la trama vegetal.
De la Plaza de Bolonia, tres cuadras al lago y una y media al sur, se ubica la casa de la Organización. Es liviana y como sus vecinas, separada de la calzada por un jardín anterior, con un pequeño terreno que hace las veces de garage y patio trasero. Queda, a lo que parece, un poco chica para las necesidades de la organización que necesitaba, por un lado, espacio para almacenar medicamentos, herramientas y materiales de construcción, y por otro, algunos cuartos destinados a oficina y residencia de los voluntarios.
En el patio crece un limonero que, como un prodigio tropical, da frutos todo el año.
Estrella se levanta y viene -sin ocultar algún desdén-, a saludar al recién llegado. ¿Quien será este chele? Debe pensar. !En fin! Nada se pierde por saludar. Conviene llevarse bien con la gente de la casa. Nunca se sabe... Quizá venga para quedarse. A lo mejor, hasta manda. Olfatea un poco al nuevo inquilino. Zalamero, hace como si realmente tuviera algún interés en él. Se larga, sin más zarandajas, a tumbarse bajo la camioneta.

Atlántica 1: De vuelta a casa

Atlántica 1: De vuelta a casa Miguel Anlló recordaba, como si lo estuviera viendo, al dueño de la Costeña de Aviación, en su apología de los pequeños aeroplanos utilizados por la compañía, haciendo la demostración en su despacho, como un profesor de física.

Si se cae un avión chico, decía don Pedro, pasa esto y dejaba caer una hoja de papel que descendía columpiándose en el aire, pero si se cae uno grande... y no decía más, sólo dejaba caer la gruesa guía de teléfonos, cuyo golpe violento contra el suelo hacía irrefutables sus palabras.

Se preguntaba Miguel, atado ahora al sillón de su último viaje, ya de regreso a España, cuántos viajes habría hecho con la pequeña compañía a lo largo de aquellos dos años. Inició un cálculo aproximado, en los primeros meses de su misión había viajado a Puerto Cabezas cada quince días; más tarde la Costeña de Aviación había ampliado sus vuelos a las minas, con lo que Miguel había podido utilizar también los servicios de la compañía para llegar a la ciudad de Bonanza, evitando así el terrible camino de Puerto Cabezas a la región minera; finalmente los pequeños aeroplanos habían llegado también a Waspam.

Las rutas siempre fueron flexibles, de forma que para llegar al río Coco, por ejemplo, era posible hacer un vuelo directo Managua-Waspam o verse tomando tierra cuatro veces, Puerto Cabezas, Rosita, Siuna y Bonanza, antes de hacerlo a las orillas del mítico río.

La mayoría de las veces había viajado Miguel junto al piloto, donde este solía invitar a sentarse al pasajero de mayor envergadura o peso, por consideraciones aerodinámicas, o a algún viajero conocido, para cambiar algunas palabras y aliviar la monotonía del vuelo. Por la primera razón lo invitaron en principio y por las dos después, de modo que Miguel se había acostumbrado a disfrutar de aquel privilegio.

Ahora, sin embargo, en el avión de Iberia, ya no viajaba Miguel en aquella forma, con el sol tibio de las primeras horas del amanecer bañando su cara, rumbo a la Costa Oriental, sino en aquel -que se le antojaba- intestino aséptico y gigante, blindado de plástico, en una fila de nueve asientos, con apenas una ventanuca dos sillas y un pasillo más allá, televisores, focos de luz eléctrica, auxiliares y órdenes.

El acento, tono y ademán de la tripulación despertaron su atención, quizá por reconocer en ellos los suyos propios, tan distantes de los, más suaves, americanos con los que, en estos años, había convivido. Aún estaba el avión en Managua, inmóvil y sin embargo Miguel ya se sentía -de nuevo- en España.

El hombre no sabía muy bien si se encontraba triste o contento. Pensó que debía estar triste por abandonar aquel, en su corazón ya, su segundo país y contento por regresar al primero pero, más que albergar los dos sentimientos contrarios, parecía flotar en una sensación de indiferencia. Cruzó alguna palabra de cortesía con la mujer de la derecha pero siendo escueto, procurando evitar una conversación temprana. Prefería cerrar los ojos y hablar tan sólo consigo mismo.

Aquellos dos años habían pasado veloces, como a la grupa de un caballo. Habían sucedido tantas cosas que no sabría por donde empezar a contar cuando le preguntaran “¿qué tal, cuéntanos..., cómo te ha ido?”. El podría contestar que bien o quizás que muy bien pero eso no sería suficiente. Su gente esperaría más, permanecería expectante, absorta, como sentada en la butaca de un cine, lista para escuchar, para atisbar, si acaso se pudiera, por el telescopio del alma del amigo aquel territorio misterioso y lejano de donde llegaba Miguel.

Y qué podría él contestar que reflejara, apenas, un instante, un pedazo, el color o un aroma, de aquel galope vivo que había durado dos años.

Ojalá que echara pronto a volar aquel pájaro-máquina gigante –se decía-. Cuando estuvieran arriba podría ir a pedir un ron y guarecerse con sus pensamientos en la sombra dulzona del alcohol.

Aquella idea le trajo a la memoria a Isaías Francis. El poeta ya le habría tomado la delantera, apostaría Miguel, para sobrellevar el estrago de la resaca o soportar el día. Ya llevaría unos dos tragos. !Por lo menos! Tal vez estaría escribiendo algo o arrugando la hoja para arrojarla al roñoso cesto de mimbre de su cuarto. El bueno de Rigoberto, que había tenido que sujetar las lágrimas en el aeropuerto, estaría llegando a la oficina. Y el profesor, a esas horas, estaría en su despacho de la Universidad o camino de casa. Echaría de menos a Miguel, aquel hombre adusto y sabio, poco amigo de halagos y catervas que no tenía muchos amigos en su propio país. Doña María estaría ayudando a Caroline a cambiar los pañales de la niña con sus manos negras, largas y suaves, asombrándose de estos pañales modernos que se agarran solos, sin necesidad de ninguna aguja. La pequeña se miraría en el cálido espejo marrón de los ojos de la doña.

El piloto daba toda clase de explicaciones sobre porqué estaba el avión allá, esperando en la cola de la pista. Hablaba sobre la ruta, la velocidad, la visibilidad, la temperatura, el lugar por donde el avión alcanzaría la península ibérica. Miguel echó un vistazo a su alrededor. Debía ser aquel viaje tan emocionante para aquellos americanos que volaban a Europa, quizá por primera vez, como lo fue para él hacer el viaje contrario, hacía ahora, justamente, dos años.

A la izquierda de Miguel estaban sentadas una mujer y una niña que iban aprendiendo a manejarse en medio de todo aquel enredo de auriculares, antifaces, calcetines, luces, botones, cinturón de seguridad, esperando no tocar ni hacer nada inconveniente. A veces espiaban, con el rabillo del ojo, los movimientos de Miguel, que éste procuraba hacer lentos y ostensibles.

Preguntó Miguel a la mujer de la derecha si le apetecía un traguito y como esta contestara que sí, se dirigió a la cola del avión donde se encontraba el bar, caminando el pasillo, museo, galería de caras, gordas o flacas, secas o luminosas, pálida, triste, sudorosa, colorada, blanca, trigueña, aburrida o pensando en que se va a aburrir, pensativas, risueñas, con gafas, cara de haber estado sin dormir, cara de ir de vacaciones, de vuelta de vacaciones, de preocupación, de arrepentimiento, de si me dejarán entrar o me devolverán desde el aeropuerto, de rezar para que no se caiga este chunche, ¡Virgen de Camoapa!.

En el bar atendía una azafata rubia, más visigoda que morisca, cola de caballo, piel blanca, ojos marrones, piernas fuertes como -probablemente- el genio, piensa Miguel.
¿Puedo pagar con dólares? Sí señor, como usted quiera. Desandó Miguel la pasarela viendo ahora las coronillas diversas, pobladas o calvas, de cabeza gorda o chica, de mujer o de varón, teñida o natural, de niño o de anciano, procurando adivinar la que pertenecía a su compañera de viaje, la mujer de la derecha, sin bautizar ninguna.

El primer contacto con el whisky despertó en Miguel algunos efluvios gástricos y la memoria de la fiesta de despedida. ¡Qué borrachera había agarrado el poeta! -recordó-. El profesor Montenegro se había ocupado de ir a buscarlo. Quien sabe si, en otro caso, hubiera aparecido, con sus ojos tristes, las gafas una y otra vez deslizándose hasta la punta de la nariz, amarrada la patilla derecha con esparadrapo. Con el primer vaso de vino, el poeta había improvisado: Oh, tú que caminas en la soledad del destino / acepta llevarte en tu blanco corazón / una sombra de duda / un traspié, una fatiga / la silueta del bosque en la loma del volcán / el recuerdo familiar de una taberna / y cuando llegues a las entrañas de tu memoria / y encuentres la espina de este galeón hundido / recuerda los días de gloria / el gobierno prodigioso del timón / y el traquetear tenaz de la bandera. Otra vez habían quedado todos estupefactos por la capacidad de improvisación de aquel hombre-niño-palabra, por su genio, que acompañaba su apariencia descuidada y sucia y su evidente deterioro físico.

¿Y qué había hecho el doctor en Nicaragua -preguntaba la mujer de la derecha- había estado de paseo o trabajando? Pues qué bueno que hubiera estado trabajando, el país necesitaba tanta ayuda… Preguntó por el tiempo que había pasado el doctor en el país y por la opinión que se llevaba del mismo. ¿No era cierto que estaba muy mal? La mujer de la derecha trabajaba en el Ministerio de Acción Social y celebraba que el doctor hubiera conocido al Ministro. ¿Simpático el gordo Vílchez, no era cierto? ¡Ah! Envidiaba al doctor, que había podido conocer el país mejor que ella misma lo conocía. Ella nunca había estado, por ejemplo, en la Costa Atlántica. ¿No era cierto que era bella Nicaragua?