Blogia
EL VIAJERO

El Viajero

Esas miradas

Esas miradas

Hay blancos que miran a los blancos. Hay negros que miran a los negros. Hay blancos que miran a los negros y negros que miran a los blancos. Hay blancos que miran a los blancos de entre los negros superfluos: negros-telón de fondo. A veces -tan sólo a veces-, un blanco entra en un restaurante y hace un leve gesto al único blanco que se encuentra allí. ¿Y porqué me saluda a mí? Quiero decir, a mí precisamente, puede pensar el blanco-blanco de la mirada. Algunas -otras veces-, un blanco entra a un lugar y todos –negros- miran al blanco: practican el “miro al blanco”. El blanco es feo, pálido, a veces peludo. A veces el blanco –la blanca- enseña las piernas. Los blancos se suenan la nariz. ¡Qué cochinos! A veces se suenan en un pañuelo, lo doblan y guardan la marranada en el bolsillo. Sí, cómo lo oyen: yo lo he visto con estos ojos, piensa el negro o un no occidental, un pakistaní por ejemplo. Por cierto: ¿de qué color son ellos, los pakistaníes? Se hace la pregunta un blanco occidental y un negro. El blanco occidental contesta que negro y el negro que blanco. Bueno, todos los blancos occidentales no contestarían eso, pero algunos sí. Algunos -sólo algunos-, blancos saludan a sus colegas étnicos de modo especial cuando entran a un café de Dakar, ya lo hemos dicho. Algunos -de entre aquellos algunos- lo harán por solidaridad. ¿Qué solidaridad? Racial…será. O solidaridad de exilio. El blanco no deja de sentirse expatriado en estas tierras de negros, a veces aún después de muchos años. Los más de los negros saludan a los blancos: “¿Ça va?” y a los negros “Asalam Malecum”. Dios no es cosa de blancos, pues. Los blancos saludan, a los blancos y a los negros: “¿Ça va?” y “¿Ça va?” Ratifican los blancos, entonces, la opinión de los negros. Los blancos -a veces- dicen, contestando a los negros que les acosan en el centro de la ciudad: “yo no soy turista” Los negros acosadores, que son pocos -algunos pocos, pero ¡por Dios que cunden!-, distinguen al blanco del blanco-blanco, o sea, del turista, pero ante la duda actúan: nada se pierde por intentarlo. Hay blancos, sin embargo, que sólo saludan a los negros porque todos los blancos son unos hijos de puta, menos uno -claro está- bueno…, y la novia de uno, y un par de amigos. Hay negros que no saludan al blanco por no molestar. Hay blancos que no saludan al negro porque no saben si procede o qué. Hay blancos que quieren saludar a todos, a toditos los negros que se encuentran en la calle: “criaturitas”.  Vamos que hay de todo en la viña de Alá, concluiría el viajero.

  “¡Vaya: las ocho!”.

 El viajero escucha lejano el cantar flamenco de una mezquita. Afluye, de modo automático, a su memoria el recuerdo del martinete del cantaor de la Isla, el sonido del yunque. Canta, se lamenta, el Camarón desde la mezquita:

 “Las siete van a dar

 en el reloj de la Audiencia:

 ¡Dios mío! ¿Que pasará…?

 Porque he nacido gitano…

 no crean que soy malo,

 que habemos buenos y malos

 y todos semos cristianos”.

 Todos somos cristianos, repite el viajero. Otra categoría. Al principio de los tiempos sólo hubo cuatro: los hombres, las mujeres, los animales y las plantas. ¡Hay tantas ahora…! El cristianismo quiere borrarlas: todos somos hijos de Dios. El marxismo quiere borrarlas...

El viajero abandona el restaurante “Le Regal” para volver a casa. Un letrero que anuncia pastelitos especiales para romper el ayuno recuerda el viajero que mañana comenzará el mes santo del Ramadán. 

El viajero 6: El viajero lee la prensa

El viajero 6: El viajero lee la prensa El viajero lee la prensa.
El primer ministro explica en el parlamento la estrategia del crecimiento económico acelerado. La Promoción de la agricultura. Cólera en Dakar. Entiéndase: La enfermedad del cólera. Aunque de la otra también debe de haber, de la otra cólera. Sí señor ministro, crecer…, pero ¿cómo? De la otra cólera, está el mundo lleno. En mi país hay mucho comandante, dice un nicaragüense. Replica el guatemalteco que en el suyo, sin embargo, hay mucho general. Hay tanto general..., que hasta el hambre es General. La cólera también es bien general. Bill Clinton ayuda a Kerry. ¡Inshallá! Una foto de Bush con la camisa mal entallada. ¡Pero qué sastres tiene usted señor presidente! ¡Pero qué sastres! ¿Por qué no los manda usted a Guantánamo? ¡Que la purguen, que la purguen allá! Guantánamo: la Siberia moderna. Invasión del dominio marítimo de las playas del Soumbédioune. Construcción de hoteles, parques de atracciones. El populacho es expulsado hasta de la playa. Pero señor presidente: ¿la playa no es del pueblo? No señor: La playa es de Dios. Por los bellos ojos de una moza deja “ko” a un vigilante. En francés rima: “Pour les beaux yeux d’une fille il met ko un vigile”. Sin duda se trata de la epidemia: ¡Cólera! El Barça detrás de Tacchinardi. Mendieta lesionado. Owen y Morientes titulares. Opio para el pueblo, para el pueblo sufriendo el cólera, la cólera, opio para el pueblo sin playa. ¡Eso no es el pueblo! ¡Eso es una banda de comunistas! Pero mi general -¡otro general, otro más!-, escuche: las calles revientan de gente. En las calles de Santiago no cabe un alfiler. En lo que fue Santiago ensangrentada. Responden al general: “Si esto no es el pueblo / ¿el pueblo donde está? / el pueblo está en la calle / pidiendo libertad”. Y mire usted por donde..., éste otro artículo: La señora Albright otorga los galardones a los más destacados paladines de la democracia, entre otros, a Corazón Aquino, al presidente del Senegal, Monsieur Wade..., y ..., a don Ricardo Lagos. ¿Lavado de conciencia? Ventas y alquileres. Ofertas de empleo. Cursos y Lecciones. Encuentros: Bella mujer de Saint Louis, 43 años, 2 niños, busca hombre serio. Ese no soy yo. Aunque..., ¿quién sabe? Nunca puede uno decir… Vehículos. Restaurantes. Lavandería La Neta: Lavado en seco, se lava todo, costurería. ¡Se lava y se cose! ¡Señora Albright! ¡Qué oportunidad!: la conciencia, la camisa de Bush...
La mujer blanca de la caja registradora saca al viajero de su abstracción: ¿Ha encontrado ya apartamento? El viajero deja el periódico, se acerca, saluda a la patrona. ¿Pero… qué hace el viajero? Parece saludar también a los pechos de la mujer blanca, está haciendo como una pequeña reverencia, discreta, sí, pero perceptible... La mujer blanca sonríe divertida. ¿De donde es usted? Pregunta. El viajero está un poco azorado. ¡Pero hombre..! Contesta algo el viajero. Yo soy de Marsella, dice la mujer sonriente. La mujer trajina en la máquina, cobra, registra maquinalmente. ¿Y dígame, se va a quedar usted mucho tiempo?

(Para Pepe Cerdá, mi instigador y mecenas) El viajero 5: Cuento del condenado

(Para Pepe Cerdá, mi instigador y mecenas) El viajero 5: Cuento del condenado El viajero se sienta frente a su cuaderno. Las hojas están vírgenes, blancas.
Quizá sea mejor dejarlas así, bromea, ácido, consigo mismo.
El viajero ya ha leído todos esos libros sobre cómo escribir, sobre cómo crear, desarrollar la creatividad, etcétera. Ya hizo los ejercicios.
Ya estuvo, el viajero, por ejemplo, escribiendo a diario, nada más levantarse -¡y aún en la cama misma!-, antes de hacer ninguna otra cosa, antes, siquiera, de lavarse la cara; como sugería uno de esos libros. Ya sacó, el viajero, a pasear a ese su pretendido ser interior, que al parecer es como un niño, a ese ser creador que todos llevamos dentro; como sugería otro. También leyó, el viajero, aquello de: “deja de leer cómo hay que escribir y ponte a hacerlo” en un tercero que, sin embargo, no dejaba de ser un libro sobre se debe escribir.
En fin, que ya ha hecho el viajero todas las lecturas, pasado todas esas fiebres.
¿Y ahora qué? Se pregunta el hombre. ¿Por dónde empezar..?
De acuerdo a la teoría de uno de los libros sobre cómo escribir libros –recuerda el viajero-, hay dos seres en el camino, en el camino del artista: uno creador y uno corrector o censor: dos caras en la misma moneda, antagónicas, opuestas pero complementarias, en constante disputa pero, a la vez, dependientes completamente el uno del otro. Dos fuerzas. Dos espíritus.
El Espíritu de Arriba y el de Abajo otra vez, pero ahora dentro de uno, despellejándolo a uno.
El Espíritu Artista no entiende de normas, de convenciones, es un animal sin doctrina, un niño salvaje, sin pulir. El Espíritu Censor es sabio y prudente, garantiza la técnica, la limpieza, es heredero del conocimiento, posee la memoria.
Y claro -¡siendo que así son!-, andan siempre, los dos espíritus, a la greña.
Bien es cierto que este pleito puede ser de mucho beneficio, pero tan cierto es que puede ser estéril. Y aún enfermizo.
¡Que le digan al viajero!
Anda, pues el viajero, tratando de que se avengan, las partes, esas dos partes de sí mismo, un poco a razón, -¿a razón? ¿A la de quién?-; buscando, si no la íntima colaboración -¡si acaso es eso mucho pedir!-, algún pacto, una tregua.
¡Hombre! Usted que ya es mayor... -le dice el viajero a su Espíritu Censor-: tenga un poco de paciencia, deje al muchacho que haga, no lo apremie con tanta norma, es todavía un niño.
¡Espera, espera un poquito! Dice el viajero a su Espíritu Artista. Ahora no es tu turno, deja trabajar al hombre. El nos cuida, nos protege. Lo necesitamos. Es un poco gruñón, ya sé, pero es una buena persona.
En esas anda el viajero, pues, haciendo equilibrios.
En uno de los pocos remansos de paz, abierto entre los dos contendientes, el viajero escribe lo que sigue.

Fragmento escrito por el viajero:

Una mosca gorda y reluciente anda dando vueltas a mi alrededor. Quizá es un mensajero que viene a decir algo o a romper un poco esta soledad prestada por la muerte. Apenas queda semana y media para que me ejecuten. Ella está ahí, al otro lado de la puerta afilando la guadaña para ponerme nervioso. La muy hija de puta afila y afila esa hoja de mierda que ni siquiera será la que tenga el honor, o la vergüenza, de segarme las arterias; sólo es por hacer el ruido. Se oyen pasos, quizá sea el cura. No es mal tipo ese cura. Sólo pregunta que si necesito algo, que si quiero hablar con él, pero ¿qué puedo hablar yo -¡un asesino!- con un cura? Con un cura como ése. Si se tratase del papa Borgia u otro clérigo criminal… ¿Cómo terminaría aquel papa del demonio? Oiga mosen: ¿usted sabe algo de historia? Sí, claro que sabe algo. Lo de la familia Borgia le suena… ¡Ah…! Esas cosas no las enseñan mucho en el seminario, como usted comprenderá, señor asesino. ¿Y qué le enseñaron allá, entonces, a hacerse pajas? ¡No! Mejor le digo que no, que muchas gracias, que no necesito nada. Gracias -repito- y el cura se aleja unos pasos y luego se detiene –supongo… porque no se escuchan más pisadas- y de nuevo sigue su camino a no sé dónde. A rezar, tal vez, por mi alma. A lo mejor, lo único que quiere saber el cura es la verdad. Ahí anda esa mosca otra vez. No sabe que se la juega con un asesino. Pero ¿qué verdad quiere saber el clérigo cerbatana si ya conoce el veredicto? !Culpable! Es penalti cuando pita el árbitro ¿o es que no jugaban al fútbol en el seminario? No me llore señor cura, ni dude. Que de Dios y de la Justicia no hay que dudar. ¡Culpable! Alguno de aquellos estúpidos del jurado puede que estén pensando en mí. Aquella modosita de las gafitas no tendría los treinta… La jodida mosca mide sus buenos dos centímetros. Debe de ser una mosca asesina o alguien a quien le gustan las ejecuciones. La cara que pondría el buen cura... Se imaginan: “Comerme a la de las gafitas.” “Sí, de qué se extraña, ¿acaso no se puede pedir cualquier cosa?” “Sí lo que oye: ¡Comerme a la de las gafitas! ¿Porqué no le pregunta a ella? Estoy seguro que si usted se lo pide…” “Usted no sabe cómo me miraba cuando estaba en el estrado”. Esa estúpida mosca no encuentra la salida. “Es que un asesino tiene su morbo, no vaya usted a creer”. O le podría pedir un cartón de ducados. Está bien: si se pueden pedir dos cosas me gustaría comerme a la de gafitas y un cartón de ducados. Total: no creo que en semana y media me diagnostiquen un cáncer, y si así fuera quizá tuvieran que aplazar el escarmiento. ¿Cómo van a matar a un hombre las manos del hombre cuando antes ya está echada la suerte de Dios? Está bien: si sólo se puede pedir un deseo, entonces…!la de gafitas!”

-¡La de gafitas, la de gafitas…!- Rumiaba el Espíritu Censor.
-¡Hombre! No está tan mal- se defiende el viajero.
-Sí, claro ¡una vez corregida..! –presume el Censor, que tiene, entre sus nobles tareas, la da la corrección de las formas- Pero –inquiría-, ¿qué va usted a escribir a continuación? ¿Ha pensado en ello? ¡La de gafitas, la de gafitas…! No todo van a ser gafitas y gafitas. Además: ¡Venga y dale con la Iglesia! ¿Le ha hecho a usted mal alguno la Iglesia? ¡La iglesia y la de gafitas! ¡Ya está! Ya tenemos tema. ¿Hasta cuándo? ¿Dígame? ¿Hasta cuándo?
Hace una pausa el Espíritu Censor.
Insiste en tono confidencial:
-Mire: si usted deja al muchacho.., a ese que usted se atreve a llamar “el artista”, hacer lo que se le venga en gana…
El Espíritu Artista, sin embargo, esta contento, juega con un aro en el alma del viajero.

El viajero 4: Un barrio bien tranquilo

El viajero 4: Un barrio bien tranquilo El viajero sigue los pasos de Pierre, caminando sobre las aceras rotas, vestidas, a tramos, con la arena del mar.
-¡Il fait chaud!-, el viajero.
-¡Oui!. Il fait très chaud-, Pierre.
Pierre es el dueño, administrador único y único empleado de una empresa inmobiliaria sin nombre, invisible, que opera en HLM Grand Medine. Pierre conoce todos los inmuebles del barrio, en venta y en alquiler, y si alguien busca vivienda, pues habla con Pierre y éste se pone en marcha.
Pierre siempre dice:
-Está cerca, está aquí al lado. Ahí delante, no más.
Y camina y camina bajo el sol implacable del medio día.
Si le dice usted 200, aceptará el precio, aconseja. Siendo que va usted a quedarse varios mes... O bien sugiere un apartamento sin muebles. Resultaría más barato, dice. Vea: éste tiene la cocina afuera pero está en el mismo borde del mar. Esa playa que está viendo llega hasta Saint Louis. ¡Doscientos cincuenta kilómetros de playa! Sí señor. Por ahí llega el París-Dakar. El barrio es muy tranquilo. Aquí todos somos amigos. ¿Para ir al centro? Créame, no es problema, por la VDN se llega enseguida.
De la comisión que Pierre cobrará por la transacción, éste no dice ni pío. Hablará al final, cuando el cliente -en este caso el viajero- haya, ya, cerrado la negociación con el dueño, ya se sienta como en casa.
Pero eso ya lo sabe el viajero, que ya ha visitado otros barrios.
-¿Cuánto puede usted pagar?- Dice un dueño.
-Disculpe…, me gustaría ver, todavía, otros apartamentos-. No quiere comprometerse, aún, el viajero.
Pierre y el viajero terminan la ronda y se toman una Flag. Bière de luxe. Brassée avec du malt, des céréales de qualité et du houblon finement choisi.
-!Qué botellón!
El viajero escudriña la etiqueta. Sesenta y cinco centilitros.
El uolof -a esta etnia pertenece el agente inmobiliario- se zampa la botella en un santiamén. Tiene que irse.
-Usted disculpe, otro cliente me espera- Se excusa el hombre.
El viajero permanece en la tiendecita. Latas de víveres, rollos de papel higiénico, jabones, insecticidas...
El viajero platica un poco con la concurrencia. Se va soltando, poco a poco, en la lengua de Molière.
-Sí, sin duda, el barrio es bien tranquilo- Afirma un paisano.
Los muchachos juegan al futbol en el arenal que queda frente al negocio. Celebran el último gol con estruendo. Han ganado -informan al viajero-, han metido el penalti en el último minuto. Algunos futbolistas se acercan a la tienda a celebrar.
Pero otro vocerío distinto surge, otra vez, desde el arenal. Todos se giran para ver que es lo que ocurre. Un toro corre en la arena. Parece fuera de control. Algunos muchachos corren tras él, otros delante. El animal lleva una cuerda atada al cuello que va arrastrando por los suelos.
¿Quién sujeta esa cuerda?
El animal pesará -calcula el viajero-, unos trescientos kilos.
Un muchacho, de los que beben cerveza en la tienda, habla a otro en tono de advertencia severa:
-Escúchame bien, Guiñol –dice-: Ni se te ocurra. ¿Me oyes? Ni se te ocurra. Ven aquí. ¡Guiñol! ¡Guiñol! -Grita.
Pero el tal Guiñol ya está en el arenal. El toro ya ha volteado a un muchacho, sale huido, viene a detenerse, justo, al lado de la carretera que separa el arenal del área de viviendas, donde se ubica la tiendecita.
El toro mira a la gente arremolinada en la tienda. Algunos clientes se parapetan, amontonándose, empujándose, tras la barra del negocio.
El viajero piensa en alguna maniobra defensiva o evasiva en caso embestida del animal.
Pero Guiñol llama la atención del astado, que hace por él. El muchacho se arroja de bruces al suelo, como el que se tira al agua. Pasa el animal, como una saeta, por encima. Se levanta Guiñol. !Ahora sí hace honor al apodo! Blanca, su cara de arena. Y de miedo.
En la tiendecita se mezclan las felicitaciones y las recriminaciones. ¡Vea! !Qué cara trae! ¿Comprende por qué le llamamos Guiñol? Preguntan al viajero. ¿Quién hubiera pagado, quién, los gastos de la clínica? Dice uno. ¿Y total, para qué? ¿Para que te digan bravo? Dice otro. Guiñol pide de beber. Algunos muchachos le regalan los últimos tragos de sus botellas. Cerveza ya sin gas, ya caliente. Guiñol los bebe de un golpe, derramando parte del líquido en su torso turbio de arena.
Se defiende Guiñol, algo habla de España, de los toros, de la habilidad de algunos para burlarlos. ¿No es cierto? Se dirige al viajero. Pero ¡hombre de Dios! -le contestan- Ellos son profesionales, se entrenan, se adiestran de padres a hijos. ¡De generación en generación! ¿No es verdad? Se dirigen al viajero.
El viajero contesta algo diplomático. Termina su cerveza, también caliente.
Lo piensa un instante, pero decide que no. Ni a Guiñol le hacía falta más alcohol, ni le parecía bien, al viajero, darle las sobras.
El viajero se despide, cruza la carretera, espera en el arenal a que pase algún taxi.
¿Dónde andará el toro?
Regatea el precio con el taxista.
-No señor, mil setecientos está bien. Mil setecientos, señor, conozco el camino. No señor, disculpe usted, mil setecientos.
Y se ponen en marcha
-¿Vive usted en el barrio?- Pregunta el taxista.
-Pues no, pero quizá venga a vivir. Estoy buscando apartamento.
-!Vaya! Pues yo vivo aquí también. Si usted viene seremos vecinos. ¡Inshalá!
Añade el taxista:
-El barrio es como una familia. Aquí todos somos amigos.
Añade el viajero:
-Sí, Parece bien tranquilo...

El viajero 3: De esos otros espíritus

El viajero 3: De esos otros espíritus La mujer de la limpieza es de la tribu Serere. Se da muy buena maña con esa pequeña escobilla vegetal y las bayetas. !Y hay que verla lavando la ropa a mano con el jabón de Marsella! ¡Qué diestra y qué rápida! Vaya, que el viajero está encantado con la mujer de la limpieza. Ella es menuda y vivaracha, de tanto en tanto se marca unos pasitos al son de la música de la televisión. Marianne, que así se llama, tiene un hijo que vive con su abuela en el Siné-Saloum donde, asegura, está el baobad más grande del mundo. Cuando ella era chica se escondía junto a sus hermanos en la enorme panza hueca del árbol. Ella va a su tierra todos los meses, para ver al niño y llevar un poco de dinero a la abuela. Marianne habla suelto el francés pero entiende muy mal al viajero: ¡Qué mal habla este blanco! Piensa el viajero que debe pensar. Marianne hace, también, la limpieza en la casa de Monsieur Diaw, trabaja todos los días salvo el domingo y viene a ganar cuarenta mil francos africanos.
¿Cómo se las arreglará?
En la televisión hablan de la epidemia, dan algunos consejos para prevenir la enfermedad. Marianne no pone mucha atención a las noticias. Habla también el primer ministro de su plan de crecimiento acelerado: extirpar el pesimismo africano, el afro-pesimismo, dice.
¿Y qué espera usted, señor primer ministro, con cuarenta mil francos al mes? Podría contestar la mujer de la limpieza. Los alquileres son caros y a la vez se construyen tantas villas de lujo en las playas del norte de Dakar… ¿Quién pagará esos arriendos de más de dos millones al mes? Piensa el viajero.
Algo dicen, también, del Ramadán, de cómo ayunar correctamente sin detener las actividades diarias.
-Debe de ser muy duro con este calor- se dirige el viajero a Marianne.
-Sí, lo es. ¿Ustedes ayunan?- responde ella.
-Bueno…no, no cómo ustedes- dice el hombre, aceptando la categoría que Marianne le acaba de endilgar. Hombre blanco igual a cristiano, para no entrar en pormenores. Explica, el hombre, un poco el rito de la cuaresma.
El viajero cambia de canal, tras el informativo. Busca un poco de música, que tanto le gusta a Marianne.
¡Ah… la música! Quizá la mejor herramienta contra el afro-pesimismo –piensa el viajero-, aunque tan efímera… Los tam-tam y los yembés disipando la tristeza, las necesidades, ahuyentando al Espíritu de Arriba, siquiera por un instante.
Marianne va a tender la ropa al patio de la casa de Monsieur Diaw.
Vuelve el viajero a su cuaderno. Relee la narración del condenado. ¿Continuar? Se pregunta otra vez. ¿No vale más iniciar otra historia? ¿No debiera tener más clara la trama antes de comenzar, al menos las grandes líneas argumentales? El viajero ha leído, en algún lugar eso de que hay novelas que se centran en el argumento y otras en los personajes. Bueno, entonces, se dice, las centradas en los personajes no deben partir de una trama argumental tan definida... Esto del condenado, ese cuento con el que anda a vueltas el viajero, se centra en el personaje, parece claro, luego estoy salvado -se consuela-. ¿El Espíritu Censor del viajero..., dónde está?.
Ahora, ahora precisamente venía a ausentarse.
El viajero reclama alguna ayuda para ordenar las ideas. !Un comentario! Pero nada: el viajero está solo. ¿Será que el Espíritu Censor sólo aparece cuando el hombre rompe a escribir, será que ahí y sólo ahí empieza su trabajo, será que prefiere dejar solo al escritor para no interferir en la fase primera, creativa, que su presencia ahora está vedada?
¿Quién conoce estas cosas de los Espíritus y las leyes y los pactos por los que se rigen?
El otro espíritu del viajero, el Artista, anda distraído mirando el cielo, observa atento cómo las nubes arman y desarman distintas figuras, como aparece un elefante, se rompe y se convierte en la cara de un payaso o en una boina. El Espíritu Artista pregunta al viajero:
-¿Qué va a pasar con ese señor, el condenado? ¿De verdad van matarlo?
-No sé, tal vez- contesta el viajero.
Entra en el saloncito Marianne, que ya ha terminado sus menesteres, dice:
-¿Decía usted algo?
-Ah, no, no, muchas gracias -contesta el viajero- tan sólo hablaba conmigo mismo.
-Bueno, pues si no necesita nada más: yo ya me voy. Hasta el jueves, ¡inshalá!- se despide.
-¡Inshalá! Muchas gracias- contesta el viajero.
Vuelve el niño-espíritu a preguntar al viajero:
-¿Y qué le pasará después, si lo matan, quiero decir, a dónde irá, a dónde van los muertos?
Y el viajero escucha y escribe...

El viajero 1: El Café de la Place de l'Independence

El viajero 1: El Café de la Place de l'Independence Un sortilegio de dibujos y colores presume en los hábitos amplios de las mujeres y los hombres que deambulan vendiendo alguna cosa o atareados en otros trajines.
Los soportales de la Place de l’Independence ofrecen alguna sombra, están repletos.
El viajero toma un petit café, enciende un cigarrillo. Vente au Sénégal. Abus dangereux pour votre santé.
Un vendedor ambulante golpea la vitrina desde la calle llamando la atención del viajero. No merçi, responde éste ayudándose de un gesto. El comerciante insiste en su lenguaje mímico y nuestro hombre reitera su ademán negativo.
El viajero ha desplegado, sobre la mesa, el plano de ciudad. Lo estudia con detenimiento. Procura atrapar en la memoria el nombre de los barrios, de los mercados, las mezquitas; calcula las distancias. Está absorto. Se diría que habla con él. Juega a adivinar, en los nombres de sus calles, en sus formas tortuosas o rectas, los episodios gloriosos o tristes, reales o míticos, de la ciudad, de los hombres que la habitaron siglo tras siglo; en sus sitios principales, sus monumentos, el carácter de su pueblo, sus creencias y fantasías.
La ruta de la cornisa oeste trepa en el plano, a los ojos del viajero, como una culebra, hasta las playas del norte de Dakar. Aún no la conoce el viajero, pero ya la presiente hermosa, ya escucha el batir de la olas en los acantilados acompañando el gemir de la mezquita; ya ve el trasiego de gentes en el mercado de pescadores, el laborar paciente de los artesanos que tallan la madera o la piedra.
Allá está la casa de los esclavos, en la isla de Gorea; aquí, la prisión, las marinas, la Medina, el ferrocarril que lleva a Saint Louis, las Islas de las Serpientes.
En la calle, del otro lado de la cristalera, los vendedores ambulantes se suceden sin fin en su exhibición de mercancías. Sólo los que venden periódicos tienen permitido el acceso al café. Racimos de sandalias o manojos de gafas de sol, hatos de relojes, fajos de túnicas, de velos, pañoletas, bandejas de jabones, colecciones de perfumes, tallas de madera, plumas estilográficas, frutos secos, fruta fresca cortada a trocitos, dispuesta en pequeñas bolsas de plástico, fardos de pantalones, sandalias, bolsos de cuero, toallas, colgadores de ropa, cubos de plástico, máquinas corta-pelo, teléfonos móviles, camisetas del Barça, del Madrid o del Milán, de la selección nacional -de ¡Les Lions!-, gorritos musulmanes, todos los tamaños, marcas y colores, danzan, se agitan, se muestran, desaparecen.
Un lustrabotas alza, ondea, su cepillo sobre las otras mercancías para ofrecer su servicio.
Una mujer, ya de edad, camina recta, la espalda parcialmente descubierta, soportando en la cabeza, en mágico equilibrio, un cubo lleno de raíces, hierbas medicinales, palitos para frotarse los dientes... Habla con alguien, sonríe, prosigue su marcha elegante –diríase- sobre el alambre.
En el café, otra mujer, ésta de raza blanca, ocupa el cubil de la máquina registradora; esboza gestos de advertencia u orden. Debe de ser la dueña, piensa el viajero.
La concurrencia, somnolienta, está ajena a esas vicisitudes administrativas; cambia palabras tranquilas en francés o en uolof, lee Le Soleil o Le Populaire, bebe café acompañado de un vaso de agua fresca.
La mujer blanca se abanica la cara, se abanica los pechos. El viajero los mira, entresaliendo del vestido negro. Suben y bajan con la respiración de la madame, algo agitada por el calor, o vaya usted a saber por qué otra circunstancia. Están perlados de sudor, parecieran querer brincar, saltar al exterior para gozar del aire, para -¿por qué no?- saludar a la tertulia.
-¿Ça va bien?- pudieran decir, risueños-. Yo soy Pili. Yo soy Mili.
La concurrencia -¡cómo no!-, estaría feliz de conocerlos y no es que esté, el paisanaje, deshabituado a verlos, que entre los hábitos tradicionales de las mujeres locales se muestran con mucha frecuencia, cuando no abiertamente, sino que por tratarse, esta vez, de los de una mujer blanca y, aún más, de los de la dueña del local -¡la mera patrona!-, el interés sería -considera el viajero- notable.
Hola Pili, hola Mili, romperían a decir los clientes zalameros. ¿Qué tal? ¿Y por qué no saludar a la francesa, un besito para Mili, uno para Mili?
El viajero imagina a los clientes del café, en rigurosa fila, besando cortésmente los dos pezones de la dueña, que van creciendo, mientras ella, como un jefe de estado, hace cada vez –dejando escapar algún gimoteo de placer- la presentación rigurosa:
-Ça c’est Pili. Ça c’est Miliiii.

El viajero regresa a su plano de la ciudad. Enciende otro cigarrillo. Abre el Tam-Tam: una publicación gratuita de anuncios clasificados.
El viajero quiere alquilar un pequeño apartamento. Escudriña la sección de amueblados. Meublés et equipées et tout confort, 1 a 2 chambres, teléfono tal, teléfono cual.
Busca los barrios en el mapa: Hann Mariste, Sacre Coeur III, HLM Grand Yoff, Almadies, Mamelles…
“¿Mamelles?”
El viajero no puede evitar echar otro vistazo a la patrona. La madame se abanica.
¡Claro! Eso es: la patrona. Ella debe conocer bien la ciudad. ¿Por qué no preguntarle? El viajero, en su torpe francés, trata de armar la pregunta correcta. Busca alguna palabra en el pequeño diccionario. Duda –me dirá esto, me dirá lo otro-. Y finalmente se decide, se levanta de su mesa y se dirige a la máquina registradora.
Verá usted Madame, -le hubiera gustado decir al viajero- estoy buscando un apartamento en la ciudad y no la conozco en absoluto. ¿Sería usted tan amable de decirme cuales son las áreas más apacibles para vivir, que no queden demasiado alejadas del centro?
Pero a la pregunta destartalada del viajero, la mujer blanca de la caja registradora contesta con otra, que aquel no comprende en absoluto. Ante la cara de extrañeza del hombre, la mujer vuelve a hablar -quizá repite la pregunta, quizás habla de otra cosa…- El viajero no entiende, no entiende nada, no sabe qué hacer, si intentarlo de nuevo, si repetir su cuestión…
Se excusa, finalmente, pide perdón por la molestia causada. Regresa a su mesa nodriza de al lado de la columna.
Se sienta. Juraría el viajero que los hombres de la mesa de al lado le están mirando.

El viajero 2: De los espíritus

El viajero 2: De los espíritus Antes de que los hombres, las mujeres, los animales y las plantas existieran, el Espíritu de Arriba habitaba los cielos, donde reinaba la luz y el Espíritu de Abajo, en las tinieblas, la tierra.
Un día el Espíritu de Abajo dispuso un amasijo de arcilla y creó a los hombres, las mujeres, los animales y las plantas, pero no pudo insuflarles la vida.
El Espíritu de Arriba, entonces, propuso un pacto al de Abajo. Si me das los hombres, las mujeres, los animales y las plantas los llenaré de vida y a cambio haré llegar la luz a la tierra.
El de Abajo contestó que le daría los animales y las plantas pero que los hombres y las mujeres permanecerían con él, en la tierra.
No, replicó el de Arriba, si quieres que vivan deberás dármelos todos: deberás darme los hombres, las mujeres, los animales y las plantas.
El Espíritu de Abajo meditó un buen rato. Finalmente dijo al de Arriba:
-Está bien. Te daré los hombres, las mujeres, los animales y las plantas pero, antes, debes llenarlos de vida.
El Espíritu de Arriba, según el pacto, acercó la luz a la tierra que brilla, desde entonces, durante el día y de la misma forma llegó la obscuridad a los cielos, para cubrirlos durante la noche. A la vez, los hombres, las mujeres, los animales y las plantas fueron llenos de vida.
La vida brotó en la tierra.
Pero el astuto Espíritu de Abajo nunca cumplió su palabra. Nunca otorgó a su colega de Arriba las creaturas nacidas de la arcilla, moldeadas con sus propias manos, a su imagen y semejanza.
Desde entonces el de Arriba pugna, sin descanso, por recuperar la vida de todos y cada uno de los seres que pueblan la tierra. Cuando lo consigue sobreviene la muerte. El de Abajo, sin embargo, lucha por perpetuar las especies en la tierra. Mientras dura la pelea entre los espíritus, ocurre la enfermedad.
Despierta el viajero, en la habitación del hotel, empapado de sudor, escucha el zumbido de los mosquitos, siente la intensa picazón en los tobillos. Mosquitos ¡cabrones! Arietes del Espíritu de Arriba.
Se levanta a encender la vieja máquina climatizadora, tendrá que soportar su ruido infernal.
Pero el viajero ya no puede conciliar el sueño, ya la luz del alba se cuela por el entablillado de la vieja persiana.
Hela aquí -medita el viajero-, la luz, el don del Espíritu de Arriba. Y como lo que se da -¡Santa Rita!- no se quita… Ahí estaba la luz, tan puntual, la luz de la tierra, merced de los cielos.
Se levanta el viajero para verla.
En la mesilla, su libro de leyendas africanas parece guiñarle un ojo.
El hombre mira en el espejo sus ojeras, como dibujadas a lápiz. Abre la ventanita del cuarto de baño. Llega una brisa tímida. Hoy hará un calor del demonio.
Se enjabona la cara. Hace un esfuerzo por canturrear: Hoy puede ser un gran día…plantéatelo así… Pero está cansado. Regresa al silencio.¿Qué voy a hacer tan temprano?
Trata de recordar el nombre del autor del libro. Regresa a la mesilla para mirarlo.
Tchicaya, Tchicaya U Tam’si. Chicaya, digamos Chicaya.
Al viajero le suena el nombre del autor a palabra azteca o maya.
¿Será verdad que Abubakari llegó a América antes que Colón? ¿No era Abubakari mandinga, como el camarero del hotel? Coincidencias, meras coincidencias.
El viajero tiene sed. Olvidó, la noche anterior, comprar una botella de agua.
Juega el viajero con las palabras: Chicaya, Chile, Chunche, Chicha, Chichicastenango, Tenotxitlán.
El agua del grifo corre.
¿Será potable?
La degusta, la olfatea.
Huele a cloro. Buena señal.
Bebe un poco el viajero.