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EL VIAJERO

Retratos y paisajes

Retrato:Teruel

Retrato:Teruel

Teruel, eterna ciudad de piedra

separada por los arcos del infierno

de dulce estío y cruel invierno

donde creció el amor como la yedra

Bajo tu estrella cobijas

a las dos bellas gemelas

Y a la antigua catedral

judía

y cristianomudéjar.

Por tu empedrada calleja

pasea

pensativa y silenciosa

una joven de Valencia

con un dolorcito en el cuello

de tanto buscar y buscar

“el torico” o quién sabe…

si un novio de la sierra

Retrato de maestro

Retrato de maestro

Don Francisco repasó las cuentas, ante la mirada expectante de sus alumnos, con cara inexpresiva, insondable. Contó en voz baja: Seis aciertos y cuatro fallos. Y apuntó.

Luego, reclamó en voz alta: ¡Manuel García!

Manolito se acercó trémulo a la tarima donde se encaramaba la mesa del maestro.

Cuatro fallos, dijo seco, Don Francisco.

El niño Manuel extendió la mano temblorosa.

Don Francisco exigía la mano franca, el brazo recto, en una palabra: entereza. Advertía con la mirada.

Manolito estiró el bracito… acongojado.

Don Francisco tomó la regla con determinación, sin remilgos. Una, dijo y golpeó con la regla de buena madera de pino la palmita de la mano tierna y sudorosa de Manolito. Dos.

Manolito cerraba los ojos y apretaba los dientes. Al tercer golpe no pudo más y retiró la mano dejando escapar alguna lágrima. Así que el reglazo cayó en el vacío para vergüenza del maestro y chanza de algunos alumnos más mayores.

¡La mano! Exigió el vozarrón furioso de don Francisco.

Y Manolito la acercó enrojecida y lánguida.

Cansóse el maestro y, enfurecido, maniató el codo de Manolito con su mano izquierda. Y golpeó iracundo, girando la regla para poder alcanzar la palma enrojecida del niño, que se ofrecía esquiva.  Terminó el castigo… con claro desagrado. Respiró agitado, dos o tres veces. Tornó a sentarse. Retomó la lista.

Y volvió a llamar: Jorge López, dos aciertos, ocho fallos…

Al salir de la clase inacabable Manolito soñó que algún día sería grande como su padre y no tendría que ir nunca más a la escuela o que, al menos, algún día aprendería a dividir y no tendría que soportar tantos reglazos. Si supiera dividir...

Guardaba la mano caliente y llena de pinchacitos en el bolsillo de su bata de rayas azules y blancas y se preguntaba cómo haría para aprender a hacer las cuentas y cómo algunos de sus compañeros podían arreglárselas para no fallar ninguna.

¡Dios mío: Cómo era posible hacer aquello!

En el patio, los más de sus compañeros se arremolinaban detrás de una pelota, pero él se quedó sentadito en un peldaño soplándose la mano inflamada, con disimulo.

Vio salir a don Francisco con otros maestros. Charlaban amigablemente, cruzaban el patio.

Manuel se incorporó y trató de mezclarse un poco en el tumulto sus compañeros, pasar desapercibido.

Paisaje 2: Muéstrenme sus cédulas

Paisaje 2: Muéstrenme sus cédulas

El morro de Tumaco, la perla del Pacífico, se pierde a la vista. La lancha exhibe su velocidad, como un atleta, saltando los lomos de las olas. Y los manglares esperan como un ejército legionario formado en la lejanía.

Algún paisano pesca en alta mar sobre un simple cayuco al vaivén de la mar inquieta. De pié, como si tal cosa. Las ballenas andan en sus cosas submarinas. No se dejan ver.

El Patía abre sus fauces oradadas para mostrar los mil caminos engañosos de su desembocadura. ¿Cómo harán los motoristas para no perderse? Caen algunas gotas, así que los viajeros despliegan las capas impermeables, sienten el frío del alba.

Nicanor apura el motor para entrar en la boca del río con la marea alta. Corre, tumba, brinca y salta la lancha motora y la línea manglar se acerca. Ya está aquí, a la mano.Ya se ven las aguas del río contenidas por el pujar de la marea. Ya se agotan las olas y la red de árboles anfibios se entreteje más y más, retorcida, prieta, misteriosa y densa.

Qué pensaría Bartolomé Ruiz al ver por primera vez estos parajes, la parentela de los Pizarro, Belalcázar, sus caballos asombrados, azuzados por la humedad y los mosquitos.

Nicanor para un momento el motor y el silencio vegetal envuelve a los viajeros sorprendidos. Iremos por “el corto”, dice el marinero, que el río lleva agua y haremos más breve el camino.

La arboladura salobre se va haciendo tupida hasta casi techar por completo el camino fluvial, quieto como un espejo. La nave se desliza a poca velocidad, soslaya algún obstáculo: un tronco o una roca. Se mece dulcemente al dibujar de las curvas sinuosas.

Los viajeros escarban en las mochilas buscando algo con qué comer mientras el río se ensancha, se abre a otro brazo fluvial y desaparecen los mangles y las veredas se pueblan de árboles altísimos de lianas colgantes tocados de velos entretejidos por enredaderas inacabables.

De trecho en trecho aparece una aldea de casitas construidas con tablones de madera, rodeadas de plataneras, con alguna escalera maltrecha que lleva al río.

Un bote más grande de lo habitual corre río abajo dejando tras de sí una estela nítida que trae el oleaje al río. ¿Quienes son? Deben ser narcos, con un bote así, y esos motores... ¿De la guerrilla, no pueden ser? No, ellos andan más arriba.

Bocas de Satinga es un hervidero de gentes sobre las tarimas del puerto fluvial que extiende la ciudad sobre el río. El calor y las músicas sofocantes no dan respiro sino a la sombra del alerón del pequeño café donde los viajeros toman algo fresco. Las mercancías y las gentes se confunden en las callejas estrechas que se abren con dificultad entre la multitud de comercios y tenderetes repletos y burdeles. Nicanor llena los bidones de combustible, saluda a algún parroquiano.

Más adelante el Telembí advierte orgulloso a los viajeros que este no es río como el Patía, de aguas amarillentas sino limpio y claro y escoltado de una selva aún más brillante y pulida que asoma exuberante en sus vertientes. 

Ya falta menos. Los viajeros hablan, duermen, bostezan, acomodan la postura. Algunas millas arriba la embarcación frena su pulso con el río, reduce la velocidad y arrima a la vereda. Desde ella un hombre armado hace un leve gesto.

Muéstrenme sus cédulas, ordena. Revisa, mira. Pueden irse, dice, buen viaje.

La lancha multiplica su velocidad y algunas nubes ensombrecen la tarde para alivio de los viajeros sofocados. ¿Eran de la guerrilla? Sí señor. Mientras, la pared vegetal se repite infinita hasta hacerse, aún tan bella -¿quién lo creyera?-, monótona.

Pero al caer de la tarde y de la marea la antena se muestra insolente sobre la techumbre de la selva, como un dios moderno. Señala la ciudad. Los viajeros despabilan alegres, hacen algún movimiento preparatorio. La escalinata de cemento de Barbacoas desciende solemne hacia el río, da la bienvenida, poco más o menos en el mismo lugar donde arribaban los buques negreros, clandestinamente, para evitar la formalidad del puerto de Cartagena y sus impuestos inevitables. Negros por oro. Ahuyentados ya los indios barbacoas, el comercio de la codicia, la rebeldía de los cimarrones y la aventura pionera de los libertos tallaría la cultura híbrida de la región aurífera, artesana, febril y violenta, perdurable en la llegada de los nuevos rebeldes y contrabandistas.

En el muelle, los botes maniobran perezosamente, cargan y descargan, amarran o desatracan, entran o salen. Los niños se bañan en el río, juegan o pescan o se ofrecen a llevar unos pertrechos. Algunas mujeres lavan la ropa. Un grupo de soldados charla, bromea en lo alto del muelle. Dicen algo a una muchacha. Uno de ellos desciende las gradas despacio, se acerca al bote.

Muéstrenme sus cédulas, ordena.

Retrato 2: Mons Caius

Retrato 2: Mons Caius

Cuando los animales enormes hoyaron

la panza blanda de la tierra

ya tú estabas ahí

solemne y blanco

cobijando los ojos humanos

atónitos por la aparición del fuego

que luego calentaría tus entrañas

por vez primera. 

_____

Viste a los hombres escribir

sus palabras iniciales

y con el sílex y el hierro de tus huesos

construir sus armas de caza

o de guerra,

desfilar a las legiones romanas

de camino a Numancia

una y otra vez. 

_____

Antes de las soflamas, la cruz

y las trompetas

eras ya un Dios

inmóvil y omnipresente

origen del sol y de las nieves

ubre poderosa

y eterna. 

_____

Y llegaron los caballos

de la media luna y cruzados

y los mercados que hicieron grandes las ciudades

a tus pies

y los monjes de Francia

con sus bóvedas austeras

bajo tus tres canosas cabezas

ibéricas:

tres religiones. 

_____

Y más tarde las banderas

de Aragón y de Castilla

y de Navarra:

tres coronas hermanas

bajo tus tres chepas. 

_____

Y llegó España

¡Oh España!

haciéndose y deshaciéndose

en esperanzas y guerras

y un poeta enfermo

y de su voz moribunda:

una rosa nueva.

Retrato 1: Las Palmas

Retrato 1: Las Palmas

Esta ciudad de cerros y palmeras,

encaramadas  y humildes casas de colores

y glorietas con bustos

de personalidades

y jardines presumidos

de lejanas plantas tropicales,

de calles nobles y quietas

que resisten el bullir de los nuevos comercios

y la amenaza de las grandes avenidas,

muestra aún colgados orgullosos blasones

y placas agradecidas

a notables

y portalones ilustres,

recios balcones coloniales,

arcadas y frontones, hermosas molduras

y ménsulas y arquitrabes.

 

Esta ciudad de veleros y patrones

ciudad buque, capitana

de sus hermanas isleñas

fragatas menores

acoge a los ávidos marineros

viajeros, turistas, inmigrantes

con la sonrisa callada

de sus hermosas mujeres.

 

Esta ciudad puerto,

artesana y comerciante

marinera, cruce de caminos

descubridores

ciudad madre

ensenada, codicia

de piratas

aún no conoce nostalgia ni invierno continentales

 

Ciudad puente y espejo

naviera

carabela y foque

berebere

castellana y andaluza

y flamenca, genovesa y portuguesa

algo inglesa

barcelonesa, habanera y parisina

ciudad bienvenida, mestiza

haz de viento, panzaeburro y tempestades

luz de África

ancla

de esperanza y sueño:

¿Cómo pudo abandonarte el Almirante?

Paisaje 1: Tumaco

Paisaje 1: Tumaco

Tumaco es un enjambre

robándole sitio al Océano Pacífico

y mercaderes de todas las edades

y ritmos de tambores,

encrucijada de ríos de sangre negra. 

No hace tanto tiempo que los hermanos Pizarro,

cerca de allí,

desafiaban los ríos cenagosos y la malaria en rumbo al Perú.

Y hace menos que los aventureros

venidos de alguna parte

exprimían las venas fluviales

en busca del oro del Pambana,

y menos aún que las guerrillas marxistas

empezaron a formar parte del paisaje

febril y verde. 

Hace tanto calor que, nadie duda,

está pronta por llegar el agua. 

Yeimi agita una revista

para hacerse aire.

Alguien pide una cerveza y se levanta,

arrastrando los pies,

calculando los movimientos, a servirla: Poker, bien heladita mi amor. 

Los vehículos desvencijados cargan y descargan mercancías

en las callejas barrosas del mercado hormiguero. 

Nicanor quita la hélice del motor

no vaya ser que la roben

y doña Lupe prepara su bandeja paisa,

fríjoles y arroz y carne molida y tajadas de plátano

y un poco de este queso costeño que no es como el de allá

el de su hermosa montaña, que quien le mandaría a su padre,

que en paz descanse,

venir a aventurarse en estas tierras, Ave María. 

Los militares vigilan el hotel de la plaza

que el enemigo puede andar en cualquier parte

y las músicas –vallenato- estridentes –cumbia y currulao- se multiplican y anulan

en concierto confuso, voraz. 

La doctora María repasa las cifras y el sudor de su frente,

si al menos hubieran construido este techo un poco más alto,

necesitamos diez microscopios más, diez,

dice a las autoridades de San Juan de Pasto, y

unas ampollas de quinina.

Si no fuera por lo que quiere a esta su tierra

un día hacía la valija y se iba para Bogotá

y aquí se quedaban todos

con su política y sus envidias. 

Pargo rojo y arroz con camarones.

Los señores deben ser paisas, doña. O extranjeros.

De beber han pedido micheladas, sí señora.Yeimi se incorpora, resopla.

Una nunca se acostumbra a este calor. 

Las jovencitas sortean los charcos

con sus uniformes blancos.

Es la hora del almuerzo. 

Pero el bullicio del mercado no merma,

sigue vivo, ni el trajinar lento de los muelles

ni el sonar de los altavoces de los equipos de música. 

El avezado motorista envuelve con la capa plástica

todos los pertrechos marineros.

Y sobre todos deposita el preciado canalete grabado con su nombre: “Nicanor”.

Está baja la marea, observa satisfecho. 

Los manglares solitarios del Patía enseñan

al medio día

sus entrañas brillantes de barro, plagadas de cangrejos,

tejen con inmortal paciencia su red inextricable de secretos

y perlas

orfebrería de Yemayá

bruñida en el recuerdo lejano de los primeros indios que poblaron estas tierras de jaguares y anacondas. 

La lancha del trasporte público rebrinca sobre las olas,

casi vuela, alcanzando el Morro de Tumaco. 

¿Dónde se ha visto?

¡Ni unas ampollas de quinina! 

Los soldados toman la sombra

debajo del gran árbol milenario alguna vez

traído de África

mientras las casitas de madera

duermen la siesta sobre sus zancos mojados. 

Nicanor cuelga la gorra en la percha de su casa.

Se lava la cara y las manos, espía por la ventana y sonríe:

Ya vuelve a subir la marea.